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lunes, 6 de octubre de 2025

E de Empate

 


Ezequiel aplastado por la rueda del sistema.
 
 
La igualada, como término medio, se la apropiaron los deportistas para deshacer de los marcadores paritarios aquellos guarismos siameses incapaces de posicionarse a favor de alguno de los contrincantes que, reflejados en el espejo de los días, resultaron ser algo parecido a ellos mismos. Gloria para quién consiga seducir a Victoria.
 
Futbolistas que prorrogaban sus cuitas, partiendo las horas por la mitad, antes de subir al cadalso de los once metros. Tenistas firmando el eterno deuce  de la supervivencia momentánea, pelotas amarillas buscando dejar su impronta en las líneas de flotación del enemigo. Ajedrecistas emponzoñados de estrategia, náufragos en blanco y negro, agarrándose desesperadamente a las tablas de salvación dictadas por reyes cobardes que reculaban ante el enemigo menor del populacho.
 
Pero de aquel circo equidistante entre el triunfo y la humillación, también huyeron del empate las parejas de amantes a los que la vida separó sin que las odiosas semillas que engendraron fuesen repartidas de modo equitativo, los trapecistas sin red social de protección, y los equilibristas de la moral, entre otros especímenes entrenados para ganar.
 
Hubiésemos podido empatar si no hubiéramos acabado metiendo la pata con la soflama proclamada por Empatía, aquella diosa de la paz que pretendía que ganaran ambos contrincantes, pero ella siempre un poquito más. De incógnito, pudimos firmar una X en la eterna quiniela de la existencia, sin embargo, no estábamos dispuestos a ceder el más mínimo espacio en la atalaya de nuestra razón. Y la partida se hizo tan eterna que nunca acabó de dirimirse del todo.
 
Hoy en día, a punto de levantarle las faldas al primer cuarto del siglo XXI, la evolución de la especie humana nos ha vuelto a cruzar la cara: sin revolución social no llegaremos a rozar las puertas del Edén. Puede que sea nuestra última oportunidad de, como mal menor, empatar con la vida. Dejar las espadas en alto sin mutilarnos, rollo harakiri, los tendones que nos sostienen en pie: no hay honor en la derrota.

viernes, 3 de octubre de 2025

D de Distopía

 


Deckard cogió su fusil.
 
Que el futuro sería una cosa con carga negativa no lo contaron los padres, neutrones domesticados, por si acaso se nos ocurría echarles en cara lo del alumbramiento con la premura de lo obligado; pero ya lo narraron algunos escribanos especializados en la materia: Zamiatin, Orwell, Huxley, Bradbury, Vonnegut… y todo el resto de la alienada alineación.
 
El verdadero objetivo de la humanidad era la destrucción de su propia especie, extensible a todo bicho viviente que se interpusiese en su camino: pandemia idealista. Distopía hecha realidad, mientras Utopía, la hija del moro Tomás, fue perdiéndose en el olvido generacional: aquel imaginario combate de los sueños donde siempre acababan imponiéndose los malos, aunque fuera con la sutura de los puntos suspensivos…
 
Mentes libres sondeadas por la policía del pensamiento. Reproducciones artificiales de personas asquerosamente perfectas en su imperfección. Políticas represivas destinadas a controlar la pureza del individuo secuestrado en sociedades putrefactas. Religiones de pantomima en la sala de espera de templos abandonados: lavémonos las manos, que ya llegan los gusanos. Experimentos, todos ellos, encaminados hacia el insondable abismo de  la locura colectiva. ‘Distopía volverá a elevarse en pocos años’, supieron vendernos a plazos; muy por encima de nuestras pesadillas, aunque para ello tuvieran que volar un buen puñado de cabezas bien pensantes.
 
Distopía tiene el alma roja y las bragas negras, su nombre esculpido en el trofeo al ganador de todas las futuras guerras. Su instinto de supervivencia no conoce mejor postor que la estrella del porvenir. Araña la tierra sin ensuciarse las uñas, sigue retozando en el limbo con la intención de engendrar… algo nuevo.

jueves, 2 de octubre de 2025

C de Calle

 


Paracaidistas de plástico varados en cables de alta tensión.
 
 
Pequeño ramillete menguante de recuerdos callejeros a precio de saldo.
 
Aquella primera vez que la pisamos, ya con la bípeda capacidad de calzar al olvido con bambas de mercadillo. Un esférico de cuero recosido reventando la escuadra de una persiana metálica, no hay moviola capaz de reproducir aquel histórico estruendo. Si mirabas a otra parte ya te lo contarían más tarde: atrás quedaron los cromos y los gnomos.
 
Mamá se une al coro vecinal de las que claman a sus retoños desde la atalaya del balcón, te llama como no te gusta que te nombren para no tener que repetirlo de nuevo; límpiate la mugre que te cubre: el ritual de la mesa, fauces hambrientas triturando aquel extraño porvenir que aún no cesa.
 
Aquel lejano día, en el bar, estrellando tres puntas del primer quinto helado contra la garganta sedienta, tu padre al lado, mediana mediante jaleando al debutante; y la máquina del millón escupiendo tu última bola de extrarradio: “si no quieres estudiar, tendrás que laborarte un futuro”, sentencia envuelta en naftalina.
 
La primera chica del juego del amor se llamaba Margarita, como la de aquella estúpida canción, el destino la deshojó… y te dijo que no. Conciliábulo de amigos, el miedo a la sábana blanca de los fantasmas infantiles tornó en el cuero negro de la adolescencia, rap existencialista danzando entre cadenas negras de acero y émbolos de segunda mano: sobrevive que no es poco, hermano.
 
¡Cállese ya, hombrecito! o calle para siempre.

miércoles, 1 de octubre de 2025

B de Bitácora

 

Barómetro no mide bajas pasiones.

El palabro ha sobrevivido a mil tormentas marinas, aunque no haya acabado de expulsarse el salitre que supone el peligro de extinción. Pregúntenle al viento por el secreto de su significado y escuchen atentamente la respuesta: Dícese del receptáculo, herméticamente sellado con clave inversa, que las antiguas embarcaciones situaban estratégicamente cerca del timón de mando y que contenía en su interior una serie de cuadernos, ordenados cronológicamente, donde se anotaban todas las vicisitudes ocurridas durante una travesía cualquiera.

Cuando el canto de la mar, tan humillada en nuestro delirio moderno, dejó de seducir al ser humano y la navegación pasó a desarrollarse en el ciberespacio, los intrépidos marineros, aquellos que mercadearon sus plumas extirpadas de las alas de algún cisne desprevenido, intercambiándolas por las nuevas tintas de fosforescencia virtual de los ordenadores, encerraron sus escritos en bitácoras o blogs personales, a gusto del comunicador, para compartirlos con el millón de amigos de turno.
 
Arcanas arcas de Noé vendidas al mejor postor, náufragos perdidos en su insondable soledad. En la intimidad de un hipotético espacio personal, donde gustaban de compartir sensaciones enrevesadas compitiendo con el surco endemoniado de las aguas del autoconocimiento ilimitado, debieron aprender a recordar la ruta de arribada hasta aquel puerto olvidado en el que un lejano día soñaron con anclar definitivamente.
 
Haz de luz de un blanco inmaculado surgiendo de las fauces de un faro denostado. Hoja virgen de papel que construye un barquito a la deriva.

martes, 30 de septiembre de 2025

A de Alzheimer

 


A mi madre.
 
 
Alzheimer Martínez empezó a darse cuenta de que algo no funcionaba del todo bien el día en que perdió su apellido. También creyó recordar que, en otro tiempo, tuvo un nombre distinto, aunque, últimamente, el minúsculo mundo que le rodeaba insistió en rebautizarlo así: Alzheimer.
 
Empezó a olvidar el estrés y la velocidad de crucero que marcaban los tiempos modernos y, a cada nueva jornada transcurrida, se dejaba abrazar por aquel pasado, remoto e ignoto, que en algún momento formó parte de su vida, como quien revisita una antigua película en busca de alguna escena inmortal que pudiera haberle pasado desapercibida en su momento.
 
En el hogar de su reposo interior todo transcurría con una lentitud exasperante, rutinaria e insolente como la intimidad de un matrimonio mal avenido. Olvidó el implacable paso de los días y perdió la aguja del minutero en alguna duna de su reloj de arena.
 
Alzheimer se escribe sin hache, aunque la tenga intercalada, pensaba su hijo, reflexionando entre calada y calada. Su padre, niño de libre albedrío en la elección de su epitafio, pronto seguiría la estela de aquella mujer que siempre le ofreció cobijo cuando más apretaba el frío de la existencia: Euthanasia Sánchez. El luto.

viernes, 6 de octubre de 2023

Truthst Street

 

Vale, pero para encontrar esa verdad absoluta tendrás que salir de tu zona de confort. Are you ready?

Renunciar a los rayos catódicos que emiten 24 horas ininterrumpidamente en esa caja tonta, huir de las ondas hertzianas que vomita la puta radio, darle carpetazo −en modo guillotina− a esas redes sociales que igual son el origen de todos tus males, suplicarle al cacharro móvil que deje de configurarte/inmovilizarte las neuronas…

¿Pensar un poco en ti, en tus cosas, darle libre vuelo a esas pequeñas mariposas que revolotean en tu cabeza e intentar que vuelvan a casa cargadas de nuevas sensaciones, que te cuenten como se respira ahí fuera, en el espacio exterior, preguntarles aquello de Is there anybody out there?

Dejarse acariciar por el latigazo acústico de esa guitarra que llora/gime y sonríe a la vez. Permitir que la realidad, disfrazada de mentira, te vuelva a colocar en el punto de salida. Try again.

martes, 3 de enero de 2023

Cogito, ergo sum

 

A Descartes no le molaban los martes, a mí tampoco. René los eliminó de su agenda semanal, yo también pensé que les daría mulé y me libraría de todo mal… luego, dejaron de existir.

viernes, 25 de junio de 2021

M de Muerte

 


La muerte tenía un precio, en toda una vida no te alcanzó para pagarlo.
 

Naces. No lo recuerdas, pero cuando saliste de tu escondrijo lo primero que hicieron fue colgarte boca abajo como a un conejo antes de desnucarlo. El tipo de la bata blanca que te columpiaba de los pies te arreó un par de cachetes en el culete para que abrieras los ojos y así arrancarte las primeras lágrimas existenciales, te enrabiaste con esa luz que siempre quema, la del doloroso despertar. Bienvenido al mundo, pequeñín, susurró tu madre al acunarte entre sus brazos por primera vez.

Creces. Empiezas a coleccionar recuerdos e instantes, sucesos a tu alrededor que irán conformando tu futura personalidad. Como la hiedra se agarra a los muros, vas escalando años. Cuando consideran que ya eres lo suficientemente mayor te dan una serie de carnets que te permitirán entrar en el mundo de los adultos. Acabarás memorizando números de identidad, junto a otras combinaciones aleatorias de cifras, que te acompañarán el resto de tu carrera vital: teléfonos, el pin de las tarjetas bancarias, la matrícula de tu máquina, cifras globales de seguidores de postal en las redes sociales, etc. Empiezan a disgustarte las matemáticas. Cada año que transcurre te hace más fuerte, pronto empezarás a escalar por la vida saltando de peldaño… en trienio. 

Te reproduces. En la cuarentena de tus cincuenta años, alcanzas la cima del Tourmalet existencial. Hace tiempo que, en plenitud de condiciones físicas y psíquicas, superaste el escollo de ser progenitor. Tus padres lo hicieron bien, pero pensaste que tú lo harías mejor, volviste a equivocarte. Alguien te alcanza un periódico de papel y lo introduces en tu pecho, entre la piel desnuda y los ropajes de ocasión. Empiezas a descender hacia el vértigo de lo desconocido. Curvas cerradas, recodos abiertos, al fondo el precipicio, piedrecitas en el camino capaces de descabalgarte en cualquier momento. El objetivo es un final que aún no alcanzas a atisbar en la distancia. Tus hijos esperan en la línea de meta, expectantes, tus nietos también.

Mueres. Tu edad de defunción no será centenaria. Dos cifras te bastan, empieza por un ocho de infinito y acaba en el reintegro de un cero que te devuelve al espacio vacío, pongamos ochenta. Ya te sobran los motivos para desmotivarte, ha llegado el día. Empiezas a olvidar cosas acontecidas que en el fondo no tuvieron demasiada importancia, retienes e incluyes en la maleta del último viaje todos aquellos momentos que valieron la pena. Sucederá esa misma noche, durmiendo en tu lecho de leche sedosa junto a tu compañera de andanzas mundanas, qué suerte la vuestra. Otoño interior, mejor si también llueve en el exterior, esas son las únicas lágrimas que quieres en tu despedida. Un velatorio sencillo, sin rituales edulcorantes ni otros productos añadidos, cenizas a la mar. Llevas el epitafio tatuado en el alma: como el vino con el que se emborrachó de vida, como ese vino se fue. Preparado para cerrar el ciclo de vital, es hora de partir.


Publicado en La Charca Literaria - AQUÍ

sábado, 15 de mayo de 2021

L de libro

 


Libre como el viento, yo soy libro.


No busques más, casi todo está en los libros. La posibilidad de vivir otras vidas ajenas a la que nos corresponde como ser único e indisoluble. La oportunidad de viajar hasta los confines más arcanos de nuestra imaginación, parajes remotos que ni siquiera salen en los mapas de navegación mental. Dentro de un libro, cualquiera de ellos, hay todo un mar de posibilidades por descubrir, (des)ahógate entre sus páginas.

Géneros hay muchos, a gusto del lector que –quizá en este mismo momento- consume su propio consomé de letras, y todos ellos añadirán un ingrediente secreto a tu particular receta, ellos te lo guisan y tú te lo comes. Líricos poéticos, dramáticos teatrales o rapsodas narrativos, páginas nutritivas que alimentan tu cerebro.

Personas que escriben con la televisión apagada, mujeres y hombres… y viceversa. Gentes que crean mundos que hasta hace poco no existían, artesanos de la palabra. Creadores de universos propios o relatores de biografías de otros, todos ellos sumergidos en la profundidad del relato por contar, por descontado rebosantes de ilusión. La dedicatoria siempre tendrá un hueco para ti, desconocido lector, aunque tu nombre no aparezca en letra impresa.

El formato de siempre es el papel, olores, texturas, encuadernaciones, portadas y contraportadas. Mientras que desde hoy mismo, y hasta que el futuro invente otro soporte que todavía pese menos, la cosa se comparte con lo digital. Bibliotecas enteras encerradas en un pequeño juguete, lucecitas de colores y algo de comer con la mano libre, botones táctiles y marcadores automáticos. Tiempos antiguos, tiempos modernos. Lectores voraces rebuscando un rayo sin cesar en el gran vertedero de la literatura de ayer, de hoy, a la espera de colocar un legajo en particular en su biblioteca para siempre.  Librerías de proximidad y bibliotecas municipales, seguro que tienes una cerca de casa. Los malos te quieren tonto,  rebélate contra ello, cierra todas esas puertas exteriores que tanto contaminan, abre un libro… y vuela.

Texto publicado en La Charca Literaria - AQUÍ

lunes, 29 de marzo de 2021

Entrevista Susanna (Pati Blau Llibres)

 

Pati Blau Llibres; Verge del Pilar, 24, 08940, Cornellà de Llobregat - BCN


José L. Solé: Un día tan señalado como este pasado 15M la librería Pati Blau Llibres de Cornellà ha cumplido dos años desde su inauguración. ¿Qué ha significado para vosotros esta jornada tan especial?

Susanna Álvarez (Pati Blau Llibres): Para nosotras un día muy especial. Cumplir años siempre sienta bien. Aunque tanto nuestro primer aniversario como este segundo no ha podido tener una celebración como la que nos hubiera gustado, hemos intentado vivir la  jornada lo más festiva posible. Y sobre todo agradecer el apoyo que desde el principio hemos recibido por parte de la gente. Es un día de agradecimientos, sin todas las personas que creen y apoyan a Pati Blau Llibres, nada sería posible. También sirve para hacer balance, memoria y pensar en cómo seguir mejorando.

José L. Solé: Vuestra librería funciona en régimen de cooperativa, ¿Cómo se gestiona exactamente una cooperativa dentro del mundo editorial?

Susanna Álvarez (Pati Blau Llibres): Bueno, dentro del mundo editorial, no sé, deberías preguntar a alguna editorial cooperativa, seguro que es muy interesante conocer su experiencia.

Podemos contarte nuestra experiencia como librería cooperativa. Desde el principio teníamos claro que este sería nuestro modelo. Es más justo, democrático e igualitario. Tenemos un fuerte compromiso con nuestra ciudad y con nuestra comarca. Cornellá es una ciudad muy rica en entidades y asociaciones y nos encanta hacer red con ellas y crear proyectos conjuntos. También pensamos que cualquier proyecto cultural tiene una voluntad de ofrecer algo a su entorno, la cultura transforma y en eso la gestión y la mirada cooperativa tiene mucho que decir, resumiendo, es su esencia. Ser críticos e intentar mejorar la vida de las personas, también las que formamos parte de la cooperativa. La nuestra es una cooperativa de trabajo y de este modo nos hemos podido ofrecer unas condiciones laborales, de organización del trabajo y relación entre las personas que formamos parte del proyecto más justas.

José L. Solé:¿Cómo pueden competir esta clase de negocios con monstruos empresariales y globalizados tipo Amazon u otras vastas superficies que venden libros en los centros comerciales?

Susanna Álvarez (Pati Blau Llibres): (uf!) en realidad no podemos competir. Sólo podemos creer firmemente en lo que hacemos y seguir ofreciendo, cada día, nuestra mirada, nuestro trabajo y nuestro compromiso. Estar cerca de la gente de una manera humana. Creemos que esa es nuestra diferencia. Ofrecemos proximidad. Y nos encanta conocer a las personas que se acercan a Pai Blau a buscar cultura. El intercambio que se establece en ese momento, nos enriquece mucho.

Formar parte de una red de librerías cooperativas de la provincia de Barcelona y hacer acciones conjuntas para visibilizar nuestro trabajo diario y fortalecernos, juntas somos más fuertes. También con otras cooperativas de otros sectores, para demostrar que otra economía y otra manera de relación entre nosotras es posible. No competir, cooperar.

Y librerías de nuestra comarca, que, aunque no todas son cooperativas, sí tenemos el mismo objetivo en nuestros municipios, y es la idea de poner en valor a las librerías independientes y de proximidad que no estamos en Barcelona.

Asimismo, estamos en contacto con más libreras y libreros, cooperativas o no, de nuestra comarca o no (incluso de fuera de Cataluña) y donde nos apoyamos mutuamente.

En estos tiempos tan complicados que estamos viviendo… todo esto nos ha demostrado que juntas podemos hacer mucho.

Con las editoriales, sobre todo las independientes, con las que se crean espacios donde podemos significarnos.

También desde el Gremi de Llibreters, la Federació de cooperativas, los Ateneos, el ICEC, Ayuntamientos, CEGAL, etc., organismos e instituciones que nos apoyan y nos ofrecen paraguas para fortalecer esta rica diversidad que somos las librerías independientes de proximidad.

Tampoco dejaré fuera a las distribuidoras, la mayoría han reformulado su relación con nosotras, las pequeñas librerías, en estos tiempos difíciles para todas las partes implicadas.

Lo que ha quedado claro, es que todos somos esenciales en este complejo mundo que es el cultural, y en un sector, el del libro, cuyo equilibrio siempre es complejo.

Esa “gran empresa” que ha visto aumentados muy significativamente sus ingresos por los confinamientos y los cambios que hemos experimentado en cuanto al consumo de ocio y cultura debido a  las restricciones, no puede ofrecer a cambio el intercambio humano, la cercanía, la profesionalidad de una librera o de un librero; los algoritmos no te conocen, ni te miran a los ojos.

¿Y que ofrecen al territorio? ¡Ni siquiera pagan sus impuestos aquí!

¿Y a los barrios? Durante el confinamiento de marzo y abril, pudimos ver lo que sería una ciudad sin comercio de proximidad. Un desierto.

Está claro que es absurdo demonizar los cambios que hemos experimentado en cuanto a la adquisición de bienes y servicios en internet. De hecho, la mayoría de nosotras también utilizamos webs, encuentros on-line... es el modelo lo que se pone en cuestión.

Las dos propuestas pueden y deben convivir, de hecho está bien que así sea. Presencial y no presencial. Pero lo que habría que revisar son las reglas del juego. No se puede arrasar con todo en nombre del beneficio (derechos laborales, precio del transporte, descuentos encubiertos, etc.) Al menos, no debería ser así, si queremos un modelo más justo y humano para todas las personas.

Las librerías cooperativas nos hicimos eco de la reivindicación de los libreros americanos y de su campaña #Boxedout e hicimos una acción conjunta para denunciar y poner de manifiesto este modelo injusto y deshumanizado. ¡Resistencia librera!

José L. Solé: ¿Qué expectativas tienen las librerías de proximidad en la situación post pandémica actual con relación al intercambio cultural entre el establecimiento y sus clientes?

Susanna Álvarez: (Pati Blau Llibres): Bueno, está claro que nos hemos reinventado, pero como todo el sector cultural, bueno, como la mayoría de sectores.

La mayoría de las propuestas culturales no se pueden ofrecer del mismo modo que se ofrecían antes, pero hay gente muy creativa que está haciendo cosas increíbles.

Creo que la mayoría de las librerías hemos intentado cuidar el lazo que nos une a nuestra comunidad, a las personas que se acercan a nuestras librerías (presencial/virtual). Cuidando del espacio físico, para que sea seguro y lo más cercano posible, un espacio en el que puedas desconectar un rato mientras escoges tu lectura. Seguir ofreciendo lo que somos a pesar de todos los condicionantes.

Y siempre pendientes de los cambios en las restricciones para adaptarnos en cada momento.

No tengo muy claro si he contestado a tu pregunta, jajaja.

José L. Solé: En Nuestras riquezas, la exquisita novela de Kaouther Adimi publicada aquí en castellano por Libros del Asteroide y en catalán por Edicions del Periscopi, se nos relata la historia de una librería de proximidad en un barrio de Argel donde queda patente la importancia de estos establecimientos para la supervivencia de la literatura. ¿Qué función desempeña una librería como la vuestra en el tejido social de una población como Cornellà?

Susanna Álvarez (Pati Blau Llibres): ¡Maravillosa novela!

Creo que ya os he comentado como sentimos nuestro proyecto en relación a la ciudad y a nuestra comarca. No creo que cumplamos una función concreta, creo más bien, que formamos parte de la ciudad, de su rica y compleja diversidad. Y esa es “Nuestra riqueza”.

martes, 23 de marzo de 2021

K de Kryptonita

 


Reciclado en el contenedor verde el vidrio desechable de tus ojos.


A Kylian Morcillo desde jovencito lo rebautizaron en el barrio como ‘El Superman’,  cuando heredó de un tío calavera toda la colección de cómics editados en España del mítico superhéroe norteamericano creado por Siegel & Schuster. Le colgaron el apodo los miembros de su pandilla de primera adolescencia, refrendado a pulso por su afición a maltratar cruelmente a otros chicos menores e indefensos.

Él mismo se encargó de reforzarlo luciendo con orgullo su propio uniforme de batalla consistente en camiseta azul de mercadillo con el famoso emblema estampado en el pecho; chándal de pitillo ajustado de aquellos que usaban los antiguos deportistas de la RDA;  y bambas rojas Converse de caña alta. Los domingos de rogar y bailar también se enfundaba unos calzoncillos ajustados tipo bóxer, siempre encarnados, con un sofisticado relleno interior que disimulaba la minucia de su miembro.

Moreno, chaparro y de complexión fuerte, aunque poco agraciado físicamente, Kylian se afianzó en los andamios de la burbuja inmobiliaria e invirtió la primera paga obtenida en apuntarse a un gimnasio. Allí pasó años realzando la musculatura corporal. Conoció a una chica guapa y sencilla, su Lois Lane particular, tras engatusarla a base de promesas nunca cumplidas. La moza tuvo las agallas de abandonarlo tras un episodio de maltrato con el que Kylian pretendía enmascarar, con altas dosis de violencia, la atrofia de los dos únicos músculos que no le funcionaban del todo bien: el cerebelo y el pajarito.

El día en que estrenaba veintidós primaveras, patitos a la mar, salió a rondar la noche para celebrarlo. Pagando compañía aquí y allá, acabaron invitándolo a un ático de extrarradio para seguir volando un poco más alto. Tras un interminable batiburrillo de drogas variadas, alguien alzó una extraña botella verde de vidrio tallado que refulgió con el primer rayo de sol y propuso mojarse los labios con unas gotas de aquel extraño brebaje, antiguo elixir de poetas.

Superman tomó la botella, todavía precintada, la destapó y se vació la mitad de su contenido en el gaznate, de un solo trago. Esófago en llamas, estómago de hormigonera atrofiada, cabeza explosiva, ojos desorbitados. Frenético y desatado, agarró de una volada la mugrienta cortina roja de la cristalera que daba acceso al exterior, se la anudó al cuello a modo de capa y se enfiló sobre la balaustrada. Un último vistazo a la botella que rodaba por el suelo: “Absenta”, rezaba la etiqueta como único mensaje. La palabra no le decía nada, tan sólo el verde irreal le recordaba vagamente al de la “Kryptonita”, aquel mineral capaz de anular todos sus poderes.

El primer y único vuelo de Kylian Morcillo Burgos aterrizó con las siglas K.M.B. en la esquina inferior derecha de la página de sucesos de un periódico local.


Texto publicado en La Charca Literaria - AQUÍ


martes, 2 de marzo de 2021

J de Justicia

 


Divina estás, programada para el fraude.


Justicia es la dama de los ojos vendados que, lamentablemente, y en reiteradas ocasiones, acaba vendiéndose al mejor postor. En una mano, la derecha, lleva una balanza con las pesas en perfecto equilibrio. En la otra, la izquierda, sostiene una espada para rebanarle la cabeza a quien ose ser más equitativo e imparcial que ella.

Platón insinuaba que todos los gobernantes que manejaran nuestras principales instituciones deberían ser filósofos. Otros listillos de la época acabaron tirándole los platos a la cabeza. Aristóteles apostó por la proporcionalidad de deberes de cada ciudadano con respecto a su estatus en sociedad, pero el gargajo no acabó de cuajar. Tomás de Aquino se llenó la boca con los desechos de los Derechos Humanos y que Dios pillara confesado a todo bicho viviente antes de emitir su veredicto. Todos ellos, y muchos más, escribieron millones de páginas sobre leyes que nadie leyó jamás en profundidad, aunque muchos quisieron interpretarlas entre líneas diagonales.

Justicia designa en la figura de los jueces, mayoritariamente hombres, a los elementos encargados de arbitrar sus designios. Los uniformiza con unos atuendos llamados togas que vienen a ser una especie de trajes negros hechos a medida, con un escudo rimbombante al estilo de la escuela mágica Hogwarts de Harry Potter, rematados con mangas ribeteadas por puñetas, unas orlas de ganchillo blanco de esas que confeccionaban las abuelas como tapetes encubridores para la mesa baja del vermú dominical. La casposa verdad orquestada por la tuna judicial, todo muy kitsch.

Justicia esconde sus ojos tras una venda —filtraciones de luz mediática permanente a gusto de los que manejan los hilos del Sistema— por aquello de hacernos creer que todos somos iguales ante la ley, actualmente también es posible que lleve oculto tras la oreja un pinganillo por donde puedan chivarle quién, de entre las partes pujantes, deposita más cobre plateado en los platillos de su balanza. Hecha la ley, hacha del Hampa, que diría aquel.

Pero a veces existen casos y cosas que escapan al influjo todopoderoso de las leyes escritas por los hombres, es entonces, y solo entonces, cuando la vieja dama endiosada, ebria de imparcialidad, debe arrodillarse, como el más común de los mortales, ante los caprichosos giros del imprevisible destino universal.

Cuando todos creemos estar en posesión de una única razón, Justicia se vuelve Divina y nos otorga su irrevocable bendición, a la mayor gloria de todo lo ecuánime, justo y neutral.

 

Texto publicado en La Charca Literaria - AQUÍ


martes, 26 de enero de 2021

I de Ignífugo

 


Ignacio se fugó de una celda de (des)amor.


Le anunciaron la fecha de la boda con seis meses de antelación que pasaron como el suspiro de una exhalación. Los padres de Iluminada, su prometida, insistieron en encargarse de la parte más peliaguda del enlace, la de los preparativos nupciales: fijar la fecha para el verano, en fiestas del pueblo —el de ellos—, tratar y contratar al cura regional, encargar y aforar el convite e invitar a todos aquellos familiares y amiguetes perdidos en el túnel del tiempo. Habían conseguido colocar a la nena, la última de la prole de tres hermanas, justo la que amenazaba con joderles la jubilación. El acontecimiento, protocolo de seguridad vírica incluido, merecía una celebración por todo lo alto.

El futuro yerno, aunque muy en el fondo, les parecía una buena persona. Oficiaba de vividor y se beneficiaba a la benjamina pero, les gustara o no, era la primera y única elección al respecto de su emancipación que había hecho su hija en sus cuarenta y cuatro años de existencia. Ese era el designio del todopoderoso: o el tal Ignacio o vestir de castidad al mismísimo San Pancracio.

Iluminada contaba los días que faltaban para el casorio como quién cuenta velas en un pastel de aniversario que se derrite por las costuras. Del futuro domicilio conyugal, también avalado por sus progenitores, ya había escogido el lugar preponderante que ocuparía el televisor, lo demás ya se iría andando por las ramas de la convivencia. No hay más cera que la que arde y la que resta ya quemaría en las brasas de la rutina conyugal.

A Ignacio le (des)agradaban sus suegros, sus cuñados y cuñadas, le sobraban los sobrinos… Buscavidas cincuentón sin familia ni amistades conocidas, siempre fue un tipo solitario e introvertido. Debía tomar una determinación inminente, del semestre solo restaban media docena de lunas, e Iluminada, reflexionó y se autoafirmó, ya no le provocaba el chispazo necesario para la combustión vital.

Tomó asiento en la terraza de un bar del barrio —el suyo— y pidió una cerveza. Mentalmente estudió sus cartas ante la jugada que próximamente le depararía la vida y descartó la bandejita de cacahuetes salados que esta le ofrecía. Vació el zumo de cebada en un par de tragos y se pidió una segunda oportunidad. Decidido. Sin más dilación, desenfundó el móvil y disparó al número de su prometida.

—Iluminada… he visto la luz y no quiero quemarme.

—¿Quemarte? ¿Te encuentras bien, Ignacio?

—No quiero casarme.

—¡Ignacio!

—Ignífugo.

Treinta y ocho segundos duró la despedida. Fuego para hoy, hambre para mañana, pensó mientras colgaba y eructaba a la vez. Eso es el desamor, sí señor.


Texto publicado en La Charca Literaria – AQUÍ


domingo, 24 de enero de 2021

Pólvora de paridad

 

Coloco en el suelo su última fotografía impresa, esa que publicaron los diarios, sesudos y estrafalarios, donde luce el vestido violeta que sólo se puso aquella vez, la noche en que me abandonó. Recuerdo el frufrú de la seda cuando caminaba bajo la tenue lluvia de madrugada. Rezaba mentalmente para que no apareciese un taxi perdido y quebrase aquella magia noctámbula y templada de un septiembre que prometía ser presagio de plenitud. Rememoro aquella gala en que finalmente supieron premiar su oscuro talento y los focos coloreados pigmentaron el brillo de su porvenir: “Ha nacido una nueva estrella de las letras”, ladraron a destiempo los plúmbeos miembros del jurado. Hace un lustro de todo aquello, y ella acaba de alumbrar su tercera novela. Justo ahora acabo de devorar su legajo, nuestra tercera criatura, todas ellas con título de posteridad.

En una suerte de ruleta rusa, triplicando las posibilidades de acierto, introduzco tres balas en la recámara del revólver, pólvora de paridad, e invoco a la diosa fortuna haciendo girar el tambor de mi inmunda existencia con redoble prolongado. Levanto la mano izquierda, le robo un haz de luz al maltrecho flexo del escritorio -el mismo donde todavía hoy corrijo, invento otrora intento realzar sus escritos- e ilumino aquella instantánea, que yace radiante sobre la alfombra. Apunto hacia mi sien derecha sin cerrar los ojos, presiono el gatillo… y el clic del percutor tan sólo alcanza a congelar una lágrima. Un pensamiento intrascendente me arranca media sonrisa: tampoco esta vez el estruendo sonoro de la detonación despertará al gordo asqueroso que habita el apartamento de arriba.

Enciendo un cigarrillo y me sirvo un whisky doble. Pienso que es muy probable que su próxima creación tenga, por fin, visos de inmortalidad. Nuestra cuarta obra compartida invocará un cuarto proyectil con fecha de inminente caducidad, pronto seremos estruendo de la mañana.

sábado, 5 de diciembre de 2020

H de Humo

 



El tiempo, como el humo, siempre acaba esfumándose hacia otro lugar.

 

Hay tres bares colindantes, con sus respectivas terrazas de exterior, frente a la estación central de autobuses. Caperucita ocupa una mesa discreta del que está situado en el medio;  metódicamente intenta que sean las mismas cuatro patas las que sostengan su nueva jornada, aunque a veces debe cambiar de sitio porque otra persona, desconocida y siempre de paso, se le ha adelantado.

Faltan pocos minutos para las 8 a.m., pronto se escucharán las toses del primer ómnibus de línea de medio y largo recorrido. Empezará la hora punta del tráfico humano ataviado con sus grotescas máscaras de carnaval pandémico, gente inhalada en origen y exhalada en destino, pero en este breve momento aún es posible escuchar los últimos bises del trino de los pájaros vespertinos.

Un avión araña el cielo por estrenar dejando una estela de queroseno en su seno virgen, millones de partículas contaminantes que a duras penas podrá esnifarse este sol legañoso que asoma allá por el oeste de la ciudad, cerca del mar, contaminado también.

Chimeneas de polígonos industriales vomitando señales de humo, indios sin dios que los ampare dirigiéndose a su puesto de trabajo en la cadena humana del capitalismo feroz. Sucias cortinas de vaho que corren un tupido velo sobre las afueras de la gran metrópolis.

Caperucita pide un café cortado con poca y buena leche. Desprende un puñado de tabaco del paquete amarillo con la mano izquierda y lo acuesta en el dorso de la derecha tapándolo suavemente con una sabanita de papel de arroz, recoge el filtro, blanco inmaculado, de la almohada que sostiene entre los labios y procede a liar un cigarrillo; el primero de un nuevo día… que nunca sabrá si será el último.

—¿Por qué tienes los pulmones tan podridos, Caperucita?

—Para fumarte mejor.


Texto publicado en La Charca Literaria - AQUÍ


domingo, 15 de noviembre de 2020

G de Gota

 


Gotas de orina en los pantalones de Vivaldi.

 

Llora el gotero de suero fisiológico, lágrimas de sal que vas contando a modo de ovejitas para ahuyentar al lobo del insomnio, una a una, como te explicaron que hacía la abuela Aurora, enredándose, con las cuentas del rosario.

Tumbado en tu cama de hospital, te dejas mecer por la acompasada cadencia del proceso de transfusión, líquido brebaje que pronto será plasma colorado, piensas, mientras ves reflejado tu rostro en ese otro negro plasmado en la triste pantalla de televisión que cuelga en el centro de la habitación. Único protagonista principal retorciendo el rostro en una mueca de grotesco aburrimiento.

La enfermera de los ojitos bohemios hace acto de presencia, sonríe mientras comprueba de una ojeada que todo está en orden. Termómetro, tensiómetro… vital y constante rutina. Ahora pincharemos un dedo, el que tú quieras, para mesurar el nivel de glucemia: una gota de sangre que le hablará de ti. El termostato enclaustrado de este receptáculo marca 21º engañando al crudo frío del enero exterior. Una perla resbala del collar de su fino cuello y se pierde escote abajo, camino hacia el mar de tu pérfida perdición: una gota de sudor a cambio de un guarismo de dulzor.

Otro día más. Girando el cuello hacia la derecha puedes apreciar como rompe el alba contra la ventana y su espuma rosada empaña el cristal con pétalos de escarcha. Tímidas gotas de lluvia dibujan espurias constelaciones en el vidrio. Pronto serás libre luz de un nuevo día, libélula de madrugada.

Sangre, sudor, lágrimas… e invierno.


Texto publicado en La Charca Literaria - AQUÍ


miércoles, 7 de octubre de 2020

F de Fama

 


Una mierda pinchada en un palo de selfie.

 

Dios te conoce y te llama por tu nombre, como el tipo es omnipresente y está en todos lados, en todas las épocas, ya se ha leído tu último libro, ha escuchado tu último disco, ha visto your last picture show o le ha señalado a las masas el camino a seguir y qué  papeleta debe representar próximamente en su colegio electoral. Todo listo para que saques tu matraca a relucir, quedas bendecido: dale brillo al populacho, diamante loco.

El término es público y notorio, célebre y popular entre la masa. Las bestias modernas hablarán de ella, hablarán de ti, la harán omnipresente, ya sea antes de arrancar el ordenador en la oficina o previamente a desenvolver el bocata de mortadela que se zamparán junto a la hormigonera. Soñarán con rozar tus ropajes de ocasión, conseguir una firma garabateada con desgana, sellar tu boca con sus labios cortados. 

Esclavo en la fábrica de los días eternos, enteras 24 horas a piñón fijo en la cadena de cualquier televisión. Pónganse cómodos: Fama sale ¡a bailar!, ¡marcará goles inolvidables!, ¡concursará a lo que quiera que sea, a lo que ordene el mejor postor! 

Ha nacido otra estrella, presten atención al círculo concéntrico que iluminan los focos, dejen que les seduzca con sus encantos prefabricados, si por un solo momento se atreviese a desafinar le aplicaríamos el play-back de nuestro discurso, previo pago pregrabado… Fama, en su ovacionada sociedad de acólitos, vomitando a solas entre bambalinas.

¿Quién puede matar a un sueño? Le preguntaste a aquellas febriles taquicardias nocturnas que ya habían dejado de follar con las musas de la inspiración. Ahora que ya cambiaste tu talento por una simple onza de reconocimiento, ¿volverán las oscuras lentejuelas tus platos a llenar, sus bancos a atracar? Unos alcanzan la fama y otros esquilan tu insomnio. 

Famélica Fama, impúdica dama, duerme entre tus brazos. Dolorosamente bella. 


Texto publicado en La Charca Literaria. AQUÍ