«MOSCÚ, MASKVÁ, LA MOSKOVIA, MUNDO HETEROGÉNEO DE MIL MATICES, donde convergen todas las aristas de la
esencia rusa, todas las contradicciones entre barbarie y progreso, sagrado y
profano. Europa y Asia; ciudad de infinitos semblantes, quemada cien veces y
renacida con humilde estoicismo, mezcla única de aberración, gloria y tristeza.
Su cielo de noche es patéticamente rojo sobre la más roja de las plazas, su
aire está viciado de proclamas, sus hombres se emborrachaban y lloran como
mujeres y sus mujeres corren agitadas para alcanzar el último tren; y sus
viejos y niños y perros, las iglesias ortodoxas y supermercados y los gitanos,
los hoteles, ancianas con pañuelos en las cabezas y el aroma a col agria y a
clavel.
Moscú se tragó a Alia en la estación Bielorusskaya de trenes, la absorbió con apática premura, la incorporó al perpetuo hormiguero de transeúntes y la olvidó, así de impasible. Alia se supo insignificante entre tanta grandeza, algo en su interior tembló, sintió en la boca el sabor de las lágrimas. Desde una ventana abierta se escuchaba por encima del ruido del tráfico y la muchedumbre una canción ancha como la estepa: Andan los caballos, encima del río / buscan los caballos saciar la sed / no bajan a la orilla / de tan violento ribete…
Alia tragó las lágrimas junto con el aire moscovita, la canción, el hollín y por primera vez en su vida se creyó rusa hasta la médula, identificada, en casa. Su sangre había atendido por fin a los reclamos de la Madre-Patria, respondiéndoles con fluidos acelerados, el corazón no le cabía dentro; tuvo ganas de gritar, de caer de rodillas, delirante, de besar la tierra. SU tierra.»
Moscú se tragó a Alia en la estación Bielorusskaya de trenes, la absorbió con apática premura, la incorporó al perpetuo hormiguero de transeúntes y la olvidó, así de impasible. Alia se supo insignificante entre tanta grandeza, algo en su interior tembló, sintió en la boca el sabor de las lágrimas. Desde una ventana abierta se escuchaba por encima del ruido del tráfico y la muchedumbre una canción ancha como la estepa: Andan los caballos, encima del río / buscan los caballos saciar la sed / no bajan a la orilla / de tan violento ribete…
Alia tragó las lágrimas junto con el aire moscovita, la canción, el hollín y por primera vez en su vida se creyó rusa hasta la médula, identificada, en casa. Su sangre había atendido por fin a los reclamos de la Madre-Patria, respondiéndoles con fluidos acelerados, el corazón no le cabía dentro; tuvo ganas de gritar, de caer de rodillas, delirante, de besar la tierra. SU tierra.»
Publicada por Papelillo Editorial. Primera edición: abril de 2026. Título original: Ánima fatua (2007). 288 páginas.
