domingo, 16 de diciembre de 2012

Danzad, danzad malditos


Para los seguidores del seductor universo Murakami, entre los que me incluyo, siempre resulta todo un acontecimiento la aparición de una de sus novelas; en este caso me parece importante comentar que no estamos ante una novedad al uso, desconozco que andará maquinando el bueno de Haruki en estos momentos, ya que fue publicada originalmente en 1988, justo un año después del gran pelotazo mundial que representó la aparición de “Tokio Blues”, y donde por sorpresa recupera al enigmático personaje protagonista de “La caza del carnero salvaje”, 1982, que en esta pista de letras se marca un baile secundario pero vacilón, por lo que esta información podría resultar interesante para cualquier bailarín que desconozca ambas novelas y le apetezca marcarse unos pasos sincronizados: primero aconsejaría danzar con el Hombre Carnero y seguidamente con esta inagotable tour de force bailonga donde podrán poner ustedes a prueba su destreza y habilidad en cuanto a mover la imaginación se refiere.

Narrado en primera persona por un protagonista al que conocemos en profundidad en tiempo presente pero del que desconocemos aspectos, a mi modo de ver fundamentales, de su pasado, en ningún momento se llega a citar ni siquiera su nombre, la lectura transcurre por un sinfín de ramificaciones abiertas a cualquier hipótesis que el lector quiera asociar dentro de un, paradójicamente, breve casting de apariciones: estelares en ocasiones, polvo de estrellas que lastran la estela del ritmo a seguir en otros casos; aquí aparecen, además de los ya mencionados y, por supuesto de ese Hotel Delfín que como escenario principal o pista de baile de la localización de la obra merece citarse como partícipe imprescindible de la novela: Yuki (nínfula lolitesca de 13 años que en un principio carga con un peso importante en el desarrollo de la trama, debo decir que me ha puesto de los nervios, y después se esfuma incomprensiblemente en el tercio final), Yumiyoshi (recepcionista del Delfín, una de aquellas mujeres por las que aquellos tímidos que pululen por las esquinas de esta lectura, sin osar soltarse en la fascinante pista de lo desconocido, pueden beber los vientos e incluso ir contra la marea del balancín de su combinado de hielo deshecho…), Gotanda (un actor de gran éxito cuyas conversaciones privadas con nuestro protagonista conforman algunos de los mejores momentos de la novela); además de los padres de Yuki, a los que se explota poco en mi opinión: Hiraku Makimura (cambien ustedes el orden de las letras de nombre y apellido y verán que nombre resulta) y Ame (una artista de la fotografía capaz de tomar las decisiones más inverosímiles… por amor al arte), no me gustaría olvidar a Dick North, amante de esta última, el único personaje occidental que aparece en la función (y que solo tiene un brazo pero conserva las dos piernas… para ‘bailar’, claro) ni tampoco a las tres prostitutas de lujo (Kiki, Mei y June) que se abren de piernas entre las páginas de esta novela, aunque solo sea por ese nexo, sin demasiado sexo, de unión en que se convierten para algunos de los otros personajes.

Nunca he sido demasiado de discotecas, pero jamás he dejado pasar la oportunidad de entrar a tomar unos tragos de ciencia ficción en el ‘mundodisco’ Murakami, aquí no he ligado demasiado (algunos de los personajes femeninos me han resultado tremendamente cargantes) y las que me gustaban no se han acercado demasiado a mi espacio de pista (Haruki les ha dado más protagonismo a las otras que le vamos a hacer), por eso me ha parecido una lectura irregular (por su falta de atrevimiento quizás) y algo deslavazada en ciertos pasajes, pero en todo caso interesante, me atrevería a decir que con seguridad a muchos de ustedes les gustará más que a mí.

Siempre suena música en los libros de Murakami, toda la acción de esta novela transcurre en 1983, en este caso no es ese jazz improvisado en su virtuosismo que suele introducir en otras novelas, sino lo que sonaba en aquel lejano año: bazofia discotequera para esqueletos artificiales; salvo, eso sí, todos aquellos acordes que vomitan los altavoces del viejo Subaru cuando nuestro protagonista, en la soledad de su circunstancia, recorre las noches del Tokio de siempre y el contraste del frío Sapporo… de nunca jamás. Aquí pasan muchas cosas, demasiadas conexiones de una noche, pero prueben ustedes a bailarla a su aire, apuren su consumición… y sobre todo no dejen parar esos metafóricos pies mentales, siempre y jamás retozando en una habitación barata de hotel, que mueven al mundo de la literatura.-

jueves, 6 de diciembre de 2012

Papafrita


“Soy como un toro bravo, me crezco con el castigo” 
 José Ignacio Wert 

Ni toro ni bravo, básicamente usted es cabra y cobarde; lo que en mi pueblo vienen a llamar: Cabrón.
Que un personaje como este sea Ministro de Educación, Cultura y Deporte de un país, cualquiera de ellos, nos da idea del tipo de lugar en el que algunos desgraciados intentan sobrevivir con dignidad…

domingo, 2 de diciembre de 2012

Encerrados con un solo juguete


Transitando por la mitad de “Dublinesca” - Enrique Vila-Matas, y dejando de lado cualquier reseña literaria hacia esta, hasta el momento, muy estimulante y gratificante lectura; observo que el personaje principal, un tipo riquísimo en matices llamado Samuel Riba, es entre otras muchas cosas un… hikikomori.

Una palabra japonesa, un término moderno que sirve para designar a una serie de criaturas luminosas que utilizan este cacharro de Internet como válvula de escape a una realidad cada día, cada noche sin luna, más… pesadillesca.

Se extienden como la pólvora, ya no son tan jóvenes (Riba pasa de los 60) ni son tan solo nipones de Oriente sedientos de poder occidental; vendrían a ser personas o personajes voluntariamente auto excluidos del sistema social… o la insoportable modernidad del ser.-

* He visto un ratito del documental, suficiente, Murakami o el propio Vila-Matas lo explican bastante mejor.
 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Había una vez un circo...


Oficialmente se llamaba Emilio Alberto Aragón Bermúdez pero todo el mundo lo conocía como Miliki (1929-2012), el último componente que quedaba con vida de aquel famoso trío de payasos de la tele formado junto a sus hermanos Gaby y Fofó (no quiero olvidar, sería del todo injusto, a su hijo Fofito que ya debutó con ellos en 1968), todos ellos provenientes de una familia dedicada desde tiempos inmemoriales al mundo del circo, y que llenaron de risas muchos hogares de todos aquellos que fuimos niños de la transición en los años 70 o 80 del siglo pasado. Ahora los payasos suelen dedicarse a otras cosas: la política o a la banca por ejemplo y ¿CÓMO ESTÁN USTEDES después de disfrutar de ese espectáculo con su culo dolorido de espectador acomodado?, supongo que coinciden conmigo en que ya no les hace ni pizca de gracia la representación, mira tú que cosa: crisálida de mariposa…
Una vez agotada, agostada, la extraña magia que refulgía en aquellos lejanos tiempos blanquinegros, lo intentó desde el mundo de la canción tocando su acordeón, también en la producción discográfica, o en el cine e incluso creo que escribió un libro, aunque al perderle la pista no se yo si llegó a salirle del todo bien, en todo caso siempre trabajando que es gerundio…
Sirva esta pequeña reseña, no hay más grandeza que aquellas risueñas sonrisas que hicieron perdurar la ingenuidad, y la infancia eterna, de aquellos niños que gozaron con su pálido candor (The show must go on, que diría Freddy), para homenajear a los tres hermanos ahora que su recuerdo ya no es más que, eso,… polvo de estrellas.-


* Debería poner un video pero ya conocen ustedes la tonada y además estoy convencido de que a ellos les molestaría sobremanera que todas aquellas sonrisas tornaran en lágrimas. Hasta lueguito, Payasos.-

domingo, 11 de noviembre de 2012

Si hay que ir se va


Esto de los carteles electorales es un poco como aquellos seriales de cromos que coleccionábamos de pequeños, unos molan más que otros pero entre todos vienen a configurar esa especie de collage representativo de una misma historieta, la que supone completar el álbum social de un determinado lapso de tiempo: el que nos ha tocado vivir. Cuando engatusábamos a papá con la necesidad de un centavo de ilusión para comprar un lapicero con el que estudiar mucho y labrarnos un futuro o mismamente sisábamos con discreción una rubia peseta del negro monedero de mamá para correr al quiosco en busca de ese secreto sellado, lacrado con goma de borrar nostalgias, con que el sobre de estampitas nos abría nuevos caminos de conocimiento, ya fuesen futboleros, famosotes a la moda o aquellos de animalillos exóticos y otras rarezas de la existencia; sentíamos que desde nuestra condición de individuos únicos formábamos parte de algo colectivo; del mismo modo que esos inspectores de urna, controladores del voto ajeno, o como diablos quiera que vengan a llamarse; abrirán las papeletas recolectadas una vez finalizadas las elecciones catalanas del próximo 25 de noviembre para percatarse de que en el fondo es una putada que salgan tantas opiniones erróneas… y sobre todo: repetidas.
Estoy por el derecho a decidir si mi pequeño país quiere ser independiente y por supuesto aceptar lo que la mayoría de coleccionistas decida, también por defender todas esas necesidades sociales, pilares básicos de evolución colectiva, que tanta sangre, sudor y lágrimas costó conseguir. No estoy por la labor de cambiar de chaqueta a estas alturas de rebajas de doble fondo moral. Abandonar la esperanza de evolucionar al primer fascículo es como tener un álbum incompleto escondido en el fondo de un armario de una habitación largo tiempo cerrada. La llave para acceder a ese libro de colores no es otra cosa que el voto, el tuyo y el mío. Como siempre, y a riesgo de equivocarme, intentaré ser consecuente con mis ideales e intentar traspasar esa puerta perceptiva que da acceso a un, otro, mundo mejor.-

sábado, 27 de octubre de 2012

The Gift


Este corto dirigido por un tal Carl E. Rinsch en 2010, que dicen que ha sido bendecido secretamente por el mismísimo Ridley Scott (que a su vez lo debió flipar tanto como yo cuando lo he descubierto), fue realizado como un simple encargo para la compañía Phillips, no se si lo utilizaron en alguna campaña para vender televisores o fue otro tipo de historieta publicitaria para descubrir jóvenes realizadores, en todo caso vale la pena echarle un vistazo. Trepidante y sumamente espectacular en su brevedad. ¡Que lo disfruten!

 

Lagartijo


Jim Morrison siempre fue el Rey Lagarto, ahora le ha salido un competidor. El tipo se llama Erik Sprague y tiene 40 años, nació en una base militar de Kentuncky, su padre es veterano de la guerra del Vietnam y su madre pues no sé (AQUÍ podéis leer una interesante entrevista donde habla de sus cosas) así que habrá que pensar que lo suyo puede ser una elección personal más que una cuestión de genes. Tiene tatuada hasta el alma, 19 años entregando su cuerpo al colega que le tatúa las escamas lagarteranas, entre otra serie de piercings y complementos varios como unos implantes subcutáneos de teflón (material más duro que el hueso) que sustituyen a las cejas y que parece ser lo que más le dolió junto a la transformación de la nariz. También se ha limado todo el morro para tener una de esas dentaduras que haría morirse de envidia a la Diana de V. Entre las cosas que me parecen más curiosas está esa lengua bífida, cuyas dos partes puede mover cada uno hacia un lado, dice Erik que le pregunten a su mujer sobre sus ventajas; aunque también he flipado con lo de sus comidas favoritas: en su tiempo de ocio a Erik le mola pasear por montañas bucólicas y ponerse hasta el culo de saltamontes e insectos varios...
El tío no esta loco, no, se sacó la carrera de filosofía con excelentes notas y mientras preparaba el doctorado le asaltó la idea de montarse un espectáculo (rollo Freak Show, imagino yo) donde hace cosas como arrastrar coches y trasladar varias cajas de cervezas, llenas y fresquitas, colgadas de unos pendientes especiales que tiene en las orejas para repartir entre el respetable que vaya a ver su función, imagino yo, además de clavarse tijeras, sacacorchos y cosas así en la nariz.
Total, que Erik ha hecho de su pasión draconiana un modo de vida. Y oye, me parece perfecto, si él es feliz pues que le aproveche…

domingo, 21 de octubre de 2012

Recuperando memoria


Los días de tormenta, climatológicamente hablando, me suele dar por hacer cosas raras. Por ejemplo, rescatar este blog del olvido después de un tiempo, supongo que, necesario de desconexión virtual. Así que pafuera telarañas, lavada la cara y recién peiná la razón de mi existencia, que se rompa el silencio en mil pedazos, que se alce el tempestuoso telón de lo que queda por decir y que fluya la palabra a su libre albedrío. Tiempo habrá de volver a ahogarse en un océano cualquiera de incomunicación…

 

La vulva sibilina


Vivir como mujer y como hombre a la vez, ese es el estigma que Cal Stephanides arrastra durante toda su existencia, la etiqueta científica que lleva tatuada en cuerpo y alma podría resumirse con una única e intransferible definición: hermafrodita; mientras que la nominación condicional, a cadena perpetua de su dualidad, con la que debe relacionarse con otros seres humanos vendría a definirse con una nomenclatura todavía más retorcida: intersexual.

Cal es el protagonista principal, aunque no el único ni mucho menos, de esta homérica odisea dividida en cuatro partes, libros 1-2-3-4 según la acertada elección de su autor, a su vez subdivididos en capítulos de una veintena-treintena de páginas aproximadamente que ejercen como intervalos o micro cortes funcionales perfectamente pensados para el avanti a buen ritmo de su lectura; y transcurre a lo largo de los ochenta años que abarca la historia de esta peculiar familia desde 1922 hasta los albores de nuestro siglo XXI.
De inicio, tras la brutal confesión de las primeras líneas donde Cal se presenta al lector: “Nací dos veces: fui niña primero, en un increíble día de niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974…”, conocemos la mestiza genealogía de su árbol, empezando por las primeras ramas: Desdémona y Lefty, jovencísimos enamorados que en un futuro lejano serán los abuelos de Cal, aldeanos de una comunidad griega en Turquía que abandonan su pequeño mundo tras estallar la guerra entre estos dos países vecinos con rumbo a los Estados Unidos, a un dios desconocido rogando y con el mazo del amor dando tumbos y huyendo de las tumbas que crecen como flores salvajes en la fascinante ciudad de Esmirna, desde donde parten rumbo a lo desconocido… Arribados a puerto oportunidad, la prima Lina y su extraño marido les esperan, matrimonios coetáneos en espacios reducidos, semillas que se plantan a la misma hora… en el mismo jardín, hijas e hijos, canijos cruces de sanguin-olientes genes, esos pecados de la carne dentro del núcleo familiar, híbrida descendencia que crece en la asfixiante libertad norteamericana que no parece saber asimilar a una colonia cerrada de inmigrantes forzados a la adopción de nuevas costumbres, viejos errores de adaptación a los tiempos modernos.
Aquí dejaremos crecer a Cal, Calliope Hellen cuando vino al mundo, y que nos cuente su historia, de hecho por expreso deseo de Eugenides al concederle la primera persona en la narración de su novela; un personaje de potencia superlativa con el superpoder que otorga la supervisión del cotarro vital desde la perspectiva del conocimiento mundano, la capacidad de observación, que otorga el poseer las virtudes y defectos de ambos sexos; le daremos el pasaporte para Berlín (ciudad que conocemos a fondo, y que comparte protagonismo en la novela con otras como Detroit, ciudad natal del autor y de su protagonista) y nos prestaremos a ponernos una máscara de hipocresía dispuestos a vapulear al diferente y vilipendiar a toda su jodida saga familiar. Con el puto mazo dando, otra vez, y Eugenides rogando, apostando fuerte, por conseguir la Gran Novela Americana.

Jeffrey Eugenides es un escritor atípico, vive recluido es su pequeño mundo por decisión propia, alejado del mundanal ruido del circo literario y de la furia de los críticos que amenizan la función; y eso, nos guste o no, tenemos que respetarlo. Personalmente, me encantan las dos novelas que ha publicado hasta la fecha, o que han llegado hasta aquí, creo que no ha escrito mucho más, aunque seguro que sí pero simplemente no le apetece compartirlo. Este ‘Middlesex’ obtuvo el Premio Pulitzer, de los pocos que me inspiran confianza entre los que se otorgan en la carpa literaria mundial, en 2003 y a pesar de su extensión se lee con facilidad por lo adictivo de su prosa, en absoluto recargada del recurso fácil de los diálogos excesivos, de hecho uno de sus puntos fuertes podría ser la calidad de las descripciones tanto de personas como de hechos o lugares, eso sí, podría exigir una lectura atenta y dedicada, algo que consigue el autor desde la primera página, dada la profusión de personajes. Esto del número de páginas en los libros y la manera en que la gente suele evitar leerlos, también me sucede a mí en ocasiones, es algo que nunca ha dejado de sorprenderme, ¿Cuántas grandes obras dejaríamos de conocer por el prejuicio que supone su extensa longitud?; ahora me viene a la cabeza “El mundo según Garp” de John Irving, otro de los tochos mochos con disfraz de ‘novela rara’ pero con muchísima sustancia escondida entre la extensión de su larga historia. Una novela extrañamente moderna que bien podría convertirse en un clásico de culto en épocas más propicias al… atrevimiento intelectual.-

miércoles, 18 de julio de 2012

Anna de los Infiernos


Dejadme decir una última cosa antes de embarcarme en la travesía sin retorno que me conducirá hacia un tiempo, un país, al que nunca quise viajar. Antes de abandonar toda esperanza en la tierra firme de mi lugar de procedencia, quiero que sepáis que han sido las circunstancias que se sorteaban en la tómbola unipersonal del destino las que han decidido que mi número resultara des-agraciado con el apremio de visitar el averno… con todos los gastos pendientes de pago. Nada volverá a ser como antes, soy consciente de ello.

Paul Auster, todavía un ilustre desconocido, arrastraba un ligero equipaje en su bibliografía cuando escribió en 1987 esta espeluznante novela: La invención de la soledad (1982), Jugada de presión (que publicó también en ese mismo año naranjito con el pseudónimo de Paul Benjamin), y la inmediatamente anterior Trilogía de Nueva York en 1985-86. Con lo que esta novela podría tomarse como un reto personal de iniciación dirigido hacia público y crítica de un escribano en ciernes que acumulaba tal cantidad de rabia contenida, la furia del debutante que ha sufrido mucho para hacerse escritor (los muy aficionados consulten su reciente “Diario de invierno”) que no dudó un instante en realizar este triple salto mortal sin red que lo catapultaría al Olimpo de los grandes autores contemporáneos con una nota superior que en un futuro no tan lejano le iba a permitir acceder a la mejora de su propia marca personal.

Con una estructura narrativa sumamente original que utiliza el formato de única y extensa carta, 205 páginas de principio a fin, que la protagonista, Anna toma la pluma de Paul para ejercer de narradora, escribe desde ese misterioso país sin nombre a un destinatario que la vio partir en busca de su hermano William (personaje cuya aparición espera ávidamente el lector que sigue el transcurso de la acción y al que la pluma de Auster se niega a presentar en sociedad aunque sugiera en todo momento cual puede haber sido su triste final… o no); con un, desde ya, emergente talento para crear ficciones y explorar nuevas maneras de acercamiento al lector gourmet que aprecia las ideas extrañas, la novela engancha desde ese principio tan rompedor (que me ha recordado bastante la “Hambre” de Hamsum, escritor del que Auster siempre se ha considerado ferviente admirador), se sostiene en su parte central desde la aparición de Farr, y decae un pelín en ese final – no me hagáis demasiado caso en esta apreciación personal, entiendo que el The End pueda gustar a mucha gente- en lo concerniente a los hechos acontecidos en la Residencia Woburn...
El argumento transcurre en el apocalíptico y claustrofóbico ambiente que envuelve ese lugar donde sus habitantes inventan mil y una maneras de sobrevivir ante un futuro tan incierto en la negrura que se atisba en su horizonte como terrorífico en la manera en que la perdida de esperanza colectiva de evolución social sumerge al individuo racional en su estado más animal. Es entonces cuando empezamos a conocer una serie de personajes realmente interesantes (Samuel Farr, sobre todo, y ese asunto que consume toda su energía, Boris Stepanovich, Isabel, o el Sr.Frick; aunque tampoco me gustaría olvidar a Ferdinand, un chiflado que caza ratones, se los come, y con los huesecitos construye mástiles de vela para sus hermosos barcos en miniatura que después introduce en botellas de vidrio…); aunque todos ellos estén a la sombra de Anna Blume, quizás con un exceso de protagonismo, a la que Auster, siempre tan estupendo retratista de personajes masculinos (ese Quinn que sale en algunas de sus novelas y que tiene su guiño aquí también, Walt o el Maestro Yehudi de Mr.Vértigo…) concede el privilegio de llevar todo el peso de la obra, componiendo el que posiblemente sea su mejor personajes femenino hasta la fecha, que aunque me queden pocas de sus novelas por descubrir, soy consciente de que… todavía podría estar por llegar.

Disculpadme si esta carta con formato de reseña literaria no llega jamás a destino, que no es otro que el de recomendar a toda aquella persona pendiente de descubrir al Auster primerizo la lectura de esta novela, en el fondo sólo quise decir que ese país imaginario; veréis que no tanto, y no sólo por esa extraña cualidad del autor en hacerte creer cualquiera de sus ficciones por enrevesada y metafísica que parezca su trama sino por la metafórica y sorprendente asimilación mimética con otros estados postmodernos actuales, países gobernados por políticos tan incompetentes como corruptos; ese país que agota sus últimas reservas de despropósito me recuerda poderosamente a… ponedle vosotros mismos el nombre, y sobre todo no dejad que os atrape la rueda de su despropósito. Huid, huid malditos, ahora que todavía estáis a tiempo de ser libres.-