«Salió rodando de la ciudad y
cruzó la reserva india, un paisaje árido con un casino en medio, rodeado de
cientos de vehículos. Aceleró y superó los ciento sesenta, dirección norte. La
carretera se estrechaba al pie de las montañas y, al llegar a un ensanchamiento
con vistas a un arroyo, decidió hacer una parada. Bajó por un despeñadero, se
sentó sobre las aguas veloces y poco profundas y, después de no poco forcejeo,
logró desembarazarse de la alianza. Le dejó una marca en el dedo parecida a la
cicatriz que deja el alambre de espino en la corteza de un árbol. Se inclinó
hacia atrás en el arroyo, estiró los brazos y se deshizo del anillo. El agua
fresca fluyó sobre su rostro, mezclándose con las lágrimas, y tuvo la sensación
de que la fuente del arroyo eran sus ojos. Podía quedarse allí hasta que la
ropa se le pudriera y la corriente se apoderase de sus botas. Se sentía vacía,
como un nido del año anterior.
Se puso en pie y ascendió por la pendiente pedregosa hasta su moto. La luz del desierto peinaba la carretera que atravesaba el valle profundo con las montañas Sangre de Cristo a su espalda y las San Juan al frente. Parecía como si alguien hubiese pasado una rueda de molino por la tierra y dejado el trabajo a medias. El crepúsculo tintó el cielo de índigo. Avanzó hasta llegar a un villorrio, donde de detuvo junto a una lavandería. El aire olía a lluvia, pero hizo caso omiso, no pensaba dejarse engañar de nuevo. La lluvia empezaba a precipitarse desde las alturas, pero siempre acababa evaporándose antes de tocar el suelo, como en un flirteo perpetuo que nunca llegaba a resolverse en un beso».
Se puso en pie y ascendió por la pendiente pedregosa hasta su moto. La luz del desierto peinaba la carretera que atravesaba el valle profundo con las montañas Sangre de Cristo a su espalda y las San Juan al frente. Parecía como si alguien hubiese pasado una rueda de molino por la tierra y dejado el trabajo a medias. El crepúsculo tintó el cielo de índigo. Avanzó hasta llegar a un villorrio, donde de detuvo junto a una lavandería. El aire olía a lluvia, pero hizo caso omiso, no pensaba dejarse engañar de nuevo. La lluvia empezaba a precipitarse desde las alturas, pero siempre acababa evaporándose antes de tocar el suelo, como en un flirteo perpetuo que nunca llegaba a resolverse en un beso».
Publicado por Sajalín Editores. Primera edición: septiembre de 2025. Título original: Second Hand (2022). Traducción de Javier Lucini. 200 páginas.
