jueves, 18 de junio de 2015

Obligaciones S.A.

"Acabo con mis propios sueños para obedecer y fabricar ideas pequeñitas en oficinas grandes e insonorizadas con moquetas beige.
Interrumpo sueños tornasolados para no perder el empleo, aunque mi empleo sea la cuarta parte de un asiento abatible en el mundo y en la empresa que me emplea para arruinarme la vida.
Me moriré ya lo sé. Pero ni me acuerdo; pese a todo, sigo poniendo el despertador una mañana más.
Me obedezco a mí misma.
No lucho. No tengo tiempo. Pongo el despertador.
Por lo visto, a los sesenta años ya no pondré el despertador.
Me quedan alrededor de treinta años. Y los fines de semana.
Me entra vértigo.
Miro la nómina y convierto esa cantidad en cosas que me voy a comprar.
Soy culpable por poner un despertador que suena para poder acudir aún más deprisa a ese sitio al que nunca he querido ir.”

Una fiebre ingobernable
Lola Lafon

miércoles, 17 de junio de 2015

De plumas, flechas y pinceles

"Era una reproducción del San Sebastián de Guido Reni que se encuentra en la colección del Palazzo Rosso de Génova.
El tronco del árbol negro y levemente inclinado de la ejecución destacaba sobre un fondo a lo Tiziano, formado por un bosque melancólico y un cielo sombrío y distante. Un joven de notable belleza estaba, desnudo, atado al tronco de un árbol. Tenía las manos cruzadas en alto, por encima de la cabeza, y las cuerdas que le ceñían las muñecas estaban a su vez atadas al árbol. No se veían más ligaduras, y la desnudez del joven sólo la paliaba un burdo paño blanco, anudado flojamente a la altura de las ingles. 
Supuse que se trataba de la representación del martirio de un cristiano. Pero como la obra se debía a un pintor de la escuela ecléctica del Renacimiento, incluso la pintura de la muerte de un santo cristiano desprendía una viva impresión de cultura pagana. En el cuerpo del joven –que recordaba el de Antinoo, el amado de Adriano, cuya belleza tantas veces ha inmortalizado la escultura- no se veían rastros del duro vivir o de la decrepitud de santos que en tantas representaciones se ven. Contrariamente, en aquel cuerpo sólo había juventud primaveral, luz, belleza y placer.

Su blanca e incomparable desnudez resplandece sobre el fondo crepuscular. Sus brazos musculosos, brazos de guardia pretoriano acostumbrados a tensar el arco y a blandir la espada, están alzados en grácil ángulo, y sus muñecas atadas se cruzan inmediatamente encima de la cabeza. Tiene la cabeza levemente alzada y los ojos abiertos de par en par, contemplando con profunda tranquilidad la gloria de los cielos. No es dolor lo que emana de su terso pecho, de su tenso abdomen, de sus caderas levemente inclinadas, sino una llama de melancólico placer, como el que produce la música. Si no fuera por las flechas con la punta profundamente hundida en el pectoral izquierdo y en el costado derecho, parecería un atleta romano descansando de su fatiga, apoyado en un oscuro árbol de un jardín.
Las flechas se han hundido en la carne tersa, fragante y juvenil, y pronto consumirán el cuerpo, desde adentro, con llamas de supremo dolor y éxtasis. Pero la sangre no mana, y no hay siquiera la multitud de flechas que se ven en otras representaciones del martirio de San Sebastián. Esas dos solitarias flechas proyectan sus calmas y gráciles sombras en la tersura de su piel, como las sombras de una rama en una escalinata de mármol.
Pero todas estas observaciones e interpretaciones son posteriores.
Aquel día, en el instante en que mi vista se posó en el cuadro, todo mi ser se estremeció de pagano goce. Se me levanto la sangre y se me levantaron las ingles como impulsadas por la ira. Aquella parte monstruosa de mi ser que estaba a punto de estallar esperó que la utilizara, con un ardor sin precedentes, acusándome por mi ignorancia, jadeando indignada. Mis manos, de forma totalmente inconsciente, iniciaron unos movimientos que nadie les había enseñado. Sentí que algo secreto y radiante se elevaba, con paso rápido, para atacarme desde dentro de mí. De repente estalló y trajo consigo una cegadora embriaguez…
Pasó cierto tiempo y, luego, sintiéndome desdichado, miré alrededor de la mesa escritorio tras la que me hallaba. Un arce que crecía junto a la ventana proyectaba sobre todas las cosas un resplandeciente reflejo, lo proyectaba sobre un tintero, sobre mis libros escolares y mis apuntes, sobre el diccionario, sobre el cuadro de San Sebastián. Había salpicaduras blancas como las nubes en todas partes, en el título de letras doradas de un libro de texto, en el cuello del tintero, en el ángulo del diccionario. En algunos objetos las salpicaduras resbalaban perezosamente, con plúmbea pesadez, en otros lanzaban un brillo mate, como los ojos del pescado. Por fortuna, mi mano, en movimiento reflejo, protegió el cuadro, evitando que el libro se manchara.
Ésa fue mi primera eyaculación. Y también fue el principio, torpe y totalmente imprevisto, de mi vicio.”

Confesiones de una máscara
Yukio Mishima

 Mimini Comentario: Mishima en estado puro: homosexualidad, sangre y muerte.
Con tan solo 24 años y en pleno proceso como escritor debutante, Mishima escribió esta impresionante novela autobiográfica, tremendamente atrevida para la época. En este fragmento, un Yukio adolescente toma prestado un libro de arte de su padre para que le sirva como inspiración a su primera paja o masturbación mental. Todos sabemos que siempre hay una primera vez para casi todo, esta es la suya…

viernes, 12 de junio de 2015

Ahogados en un mar de letras


“Al principio de nuestra amistad, Trause me contó una historia sobre un escritor francés que había conocido en París en los primeros años cincuenta. No recuerdo su nombre, pero John me dijo que había publicado dos novelas y una colección de relatos y se le consideraba uno de los mejores representantes de la nueva generación. También escribía algo de poesía, y poco antes de que John volviera a Estados Unidos, en 1958 (tras vivir seis años en París), aquel escritor conocido suyo publicó un poema narrativo que giraba en torno a un niño ahogado. Dos meses después de publicado el libro, el escritor y su familia fueron de vacaciones a la costa de Normandía, y en el último día de viaje su hija de cinco años se metió en las picadas aguas del Canal de la Mancha y se ahogó. El escritor era un hombre sensato, afirmo John, una persona conocida por su lucidez y agudeza mental, pero echó al poema la culpa de la muerte de su hija. Sumido en su gran dolor, se convenció a sí mismo de que las palabras que había escrito sobre un ahogamiento imaginario habían causado una muerte verdadera, de que su ficción trágica había provocado una tragedia real. En consecuencia, aquel escritor de enormes dotes, aquel hombre que había nacido para escribir libros, juró no volver a escribir jamás. Había descubierto que las palabras mataban. Las palabras tenían la virtud de alterar la realidad y, por tanto, eran demasiado peligrosas para que pudieran confiarse a un hombre que las amaba por encima de todas las cosas. Cuando John me contó esa historia, la hija llevaba muerta veintiún años, pero el escritor seguía sin quebrantar su promesa. En los círculos literarios franceses, aquel silencio lo había convertido en una figura legendaria. Se le tenía en la más alta consideración por la dignidad de su sufrimiento, era compadecido por todos los que lo conocían, mirado con el mayor de los respetos.”

La noche del oráculo
Paul Auster


Ilustración: Rodger Roundy

jueves, 11 de junio de 2015

Elástica y mística flexibilidad de la belleza


“La nieve no rompe las ramas del sauce”
 Proverbio japonés

martes, 9 de junio de 2015

Horda – Roberto Bolaño

Poetas de España y de Latinoamérica, lo más infame
De la literatura, surgieron como ratas del fondo de mi sueño
Y enfilaron sus chillidos en un coro de voces blancas:
No te preocupes, Roberto, dijeron, nosotros nos encargaremos
De hacerte desaparecer, ni tus huesos inmaculados
Ni tus escritos que escupimos y plagiamos hábilmente
Emergerán del naufragio. Ni tus ojos, ni tus huevos,
Se salvarán de este ensayo general del hundimiento. Y vi
Directores de revistas, lectores de editorial, y pobres
Correctores, los poetas de lengua española, cuyo nombre es
Horda, los mejores, las ratas apestosas, duchas
En el duro arte de sobrevivir a cambio de excrementos,
De ejercicios públicos de terror, los Neruda
Y los Octavio Paz de bolsillo, los cerdos fríos, ábside
O rasguño en el Gran Edificio del Poder.
Horda que detenta el sueño del adolescente y la escritura.
¡Dios mío! Bajo este sol gordo y seboso que nos mata
Y nos empequeñece.



Mimini Comentario: Antes que escritor, un gran escritor, Roberto Bolaño fue poeta, un gran poeta. Corría el año 1993 cuando el autor se dedicó a ordenar y clasificar toda su obra poética escrita desde su llegada a Barcelona en 1977 y durante buena parte de los salvajes años 80.

Ese mismo 1993 en que acababan de diagnosticarle la enfermedad que terminaría por llevárselo antes de tiempo y en el que su hijo Lautaro, al que va dedicada la antología, apenas contaba dos años. Ya por entonces tenía esta obra lista para ser publicada, sin embargo la retuvo consigo hasta su muerte y sólo después vio la luz de manera póstuma. La universidad desconocida: la universidad de la vida.-

lunes, 8 de junio de 2015

Nocturno de Chile - Roberto Bolaño

"Ahora me muero, pero tengo muchas cosas que decir todavía. Estaba en paz conmigo mismo. Mudo y en paz. Pero de improviso surgieron las cosas. Ese joven envejecido es el culpable. Yo estaba en paz. Ahora no estoy en paz. Hay que aclarar algunos puntos. Así que me apoyaré en un codo y levantaré la cabeza, mi noble cabeza temblorosa, y rebuscaré en el rincón de los recuerdos aquellos actos que me justifican y que por lo tanto desdicen las infamias que el joven envejecido ha esparcido en mi descrédito en una sola noche relampagueante. Mi pretendido descrédito. Hay que ser responsable. Eso lo he dicho toda mi vida. Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios, porque también los silencios ascienden al cielo y los oye Dios y sólo Dios los comprende y los juzga, así que mucho cuidado con los silencios. Yo soy responsable de todo. Mis silencios son inmaculados. Que quede claro. Pero sobre todo que le quede claro a Dios."


Mimini Comentario: Así comienza esta semidesconocida joyita literaria, el rutilante diminutivo viene a cuento de su extensión (150 páginas compactadas, sin capitular al descansillo de los capítulos, en una impecable construcción rítmica), donde Bolaño rinde homenaje a su Chile lindo y natal, capital Santiago, a la vez que le ajusta las cuentas a su Historia infeliz.
Sebastián Urrutia Lacroix es el personaje central y en su currículum figuran todos estos datos: chileno de padre vasco y madre francesa, sacerdote miembro del Opus Dei, escritor frustrado y crítico literario de prestigio… aquí se nos cuenta todo el periplo de su existencia y se nos presenta a todos aquellos personajes con los que alguna vez se relacionó: algunos que conocerás como Ernst Jünger, Augusto Pinochet, Pablo Neruda… y otros que te los presentará entre líneas y en primera persona; como ese amigo íntimo llamado Farewell –inolvidable este-, una femme fatale de braguitas color misterio cuyo nombre es María Canales y un ‘joven envejecido’ que habita en la conciencia de nuestro protagonista. 
Brutal la última frase, en forma de sentencia nocturna y alevosa, con que se cierra la novela.-

domingo, 7 de junio de 2015

Tri, Tri... Triplete!!!


Gràcies Nois, sou molt grans!!!
Ens veiem aquesta tarda a la Rúa dels Campions!!!
Visca el Barça i Visca Catalunya!!!

viernes, 5 de junio de 2015

El tridente imponente


Título: American Gothic
Autor: Grant Wood
Año: 1930
Técnica: Óleo sobre aglomerado de madera
Estilo: Regionalismo
Tamaño: 74.3 cm. X 62.4 cm.
¿Dónde está?: Instituto de Arte de Chicago

Mini Comentario: Uno de los iconos de la cultura popular estadounidense del siglo XX. Wood tomó como modelos a su hermana Nan (que mira a su izquierda hacia algún lugar indeterminado) y al Dr. Byron McKeeby (¡su dentista!, que mira al frente a los ojos del espectador). Al fondo se observa una casa de estilo gótico rural… carpintero que diría William Gaddis.-

martes, 2 de junio de 2015

日本の子どもたち - Daidō Moriyama

Pongo “Niños japoneses” en el traductor de Google y me sale ese título para el post, ya mola ya. Bueno, aquí dejo una serie de flashes de este fotógrafo japonés nacido en 1938; el cómo llegue hasta su obra es lo de menos, aunque bien es cierto que con esta selección aleatoria me he montado una fotonovela mental o algo así, por lo demás dejo que hablen las fotos que ya se sabe aquello de que, ¡a veces!, una imagen vale más que mil palabras.-