diumenge, 23 d’abril de 2017

Instrumental – James Rhodes


“Podéis darme todos los argumentos que queráis para demostrar que me equivoco; no me la podría sudar más. Os garantizo que, si hay algo que falla en tu relación, si no eres feliz y empiezas todas las frases con un “ojalá él-ella hiciera-dejase de hacer…”, estás jodido, esa relación no durará y serás desgraciado. Lo cual tampoco está mal para algunas personas, sobre todo para las que son como yo, porque a mí me encantaba sentirme desgraciado. Me daba energía, reafirmaba mi convicción de que el mundo era una mierda y de que conspiraba contra mí. Me permitía seguir tranquila y cómodamente en mi cueva de autocompasión.
Me deja a cuadros la cantidad de gente a la que le encanta ser desgraciada, no estar contenta con su cuerpo, su vida sexual, su trabajo, su carrera profesional, su familia, su casa, sus vacaciones, su peinado, yo qué sé. Toda nuestra identidad cultural se basa en no ser lo bastante buenos, en necesitar continuamente cosas que sean más brillantes, más rápidas, más pequeñas, más grandes, mejores. El sector publicitario gana una fortuna gracias a esto, las industrias farmacéuticas, del tabaco y del alcohol también hacen caja. Antes la gente era más feliz. Mucho, mucho más. En épocas de racionamiento, tremendas dificultades y guerra, la sociedad vivía una situación emocional mejor, estaba más unida y sus miembros más realizados que nosotros con nuestros iPhones de los cojones y nuestros paquetes de fibra óptica y banda ancha.
Y proyectamos todas esas expectativas en nuestras parejas. Cuando se termina la primera fase de compuestos químicos que te alteran el pensamiento (seis meses con suerte, normalmente unas semanas), los hombres desean mujeres más jóvenes, más prietas, más guarras, más guapas, más atractivas y más delgadas. Las mujeres desean mayor seguridad: hombres más ricos, más emotivos, más fuertes, empáticos, comunicativos y seguros de sí mismos. Es una mierda, pero esto forma parte de la base de nuestra sociedad.”