
Confieso que cuesta entrar en este disco, pero si sigues a Bunbury te das cuenta de que es imprescindible en su trayectoria, y sobre todo de que cada vez que lo escuchas te gusta más. Recién enterrado el silencio en la posteridad, Enrique se cortó el pelo y se soltó la coleta de artista tras una breve temporada en el exilio de Marruecos, donde se refugió huyendo de los flashes, para debutar en solitario reinventándose en un gurú del rock, experimentando con la electrónica, el glam y la psicodelia.

Por supuesto, hay otras maneras de sentirlo, ¿o debo repetirme y decir escucharlo?-