
“Mami, cómprame el coche de policía, por favor”, supongo que tantas veces lo pedí, berrinche incluido, que mi santa madre cambió de ruta para que no pasáramos más por allí de camino al colegio, “No podemos comprar tonterías hijo, que está la cosa muy mal y hace falta el dinero…”; aprendí que existían otros caminos para llegar a la Roma de las aulas, pero no pude olvidar que tras aquel fino cristal, que lustraba cada día orgulloso el viejecito del quiosco, se me había quedado encerrado un sueño motorizado, con las llaves de contacto puestas, esperando que fuese a buscarlo. Tan cabezón he sido siempre, que aprovechando que el buenazo de mi padre, incauto ante el peligro que amenazaba las pesetillas de su exiguo monedero, me sacó un domingo de paseo pasando por aquella zona acotada por orden imaginativa, no pudo resistir mi carita de ángel cuando murmuré con un hilillo de voz: “Papi… cómprame el coche de poli, por favor”. Ah! Ingenuos papás que consienten siempre los caprichos de los peques sin apenas resistencia, aún a sabiendas de que se ganarán la bronca, disfrazada con ternura, de su mujer al llegar a casa, y que además les pondrán las esposas del instinto materno, sin rechistar…

Cuando crecí, aunque aún estoy en ello, empecé a simpatizar con los malos que viajaban en los asientos traseros separados por una reja del piloto y copiloto vestidos con imponentes uniformes llenos de chapitas de metal, quizás porque me di cuenta que la delgada línea que separa a unos de otros es mucho más fina de lo que muchos creemos, y que existen infiltrados en ambos bandos; unos se aprovechan de las injusticias que les otorgan los galones de prepotencia que rigen los estados policiales, y otros se vuelven reaccionarios porque necesitan jugarse sus ideales, a una sola partida desesperada, contra las normas que les obligan a vivir en un mundo, rigurosamente vigilado, que no acaban de entender.-