
Dice el documento que me acredita como miembro de una casualidad geográfica que pertenezco al estado español, a la vez que me contradice mi espíritu pacífico que se rebela contra la pertenencia a grandes comunidades globalizadas en torno a tópicos casposos.
A nivel mundial, y bajo el yugo norteamericano que rige los destinos de la aldea global, reniego del pensamiento único que pretende clonarnos a todos desde que nacemos, lavándonos el cerebro con paraísos artificiales marca Disney, para después reunirnos en manada video controlada, cuando somos mayores, en torno a la hamburguesa de carne picada por la viruela consumista que representan las sociedades modernas y occi-dentales (que muerden con saña demoledora los occipitales de los que no han tenido su teórica suertecita); saboreando el placer light de ser una jodida lata de coca-cola más en la columna paletizada de la estupidez humana.
En términos locales, la España grande y libre que pregonaba el dictador Paquito y sus secuaces populares, que me temo volverán como las oscuras golondrinas, me produce vergüenza ajena, por su sumisión al gran imperio mediático, por su participación en guerras aniquiladoras contra los más desfavorecidos, y por su explotación sobre todos esos países a los que impusieron su idioma a costa de cortarles la lengua y mutilarles la libertad de la tradición ancestral. Aunque me la quiera de verdad a este península, culo y puerta de salida europea que peina los cabellos de la negra África…
