jueves, 28 de febrero de 2013

Salitre


Naufragando entre un mar de libros, resaca de olas del 2005, arribó al buen puerto de las librerías internacionales la, por entonces, última novela de Houellebecq (actualmente ya tiene otro mapa literario publicado, desconocido aún para mí, con su correspondiente territorio por explorar); la obra perdida que algunos críticos voraces esperaban ansiosamente ver asomar en la orilla de sus playas artificiales para poder así despellejar y bajar del pedestal de los elegidos a l’enfant terrible de la literatura francesa. Y es que, no nos engañemos, Houellebecq puede resultar un tipo sumamente desagradable, controvertido (vertido a la contra), agitador, insurrecto, misógino, reaccionario y toda esa colección de adjetivos que provocan en sus semejantes todas aquellas personas que no piensan como el gran resto del rebaño que pace en las tranquilas llanuras, llanas infinitamente llanas, del Sistema Universal. A mi isla particular llegó en este 2013 con el irremediable retraso que sufren los lectores aficionados a rastrear, a rastrillar la arena natural de las letras deshechas entre las obras polémicas de cualquier tiempo. Pues bien, me ha gustado mucho, mi preferida de entre las suyas junto a “Las partículas elementales”. Soy, me siento como un puto Robinson del siglo XXI, que le vamos a hacer.

Daniel, en sus diferentes versiones presentes y futuras, es el protagonista de esta extraña novela de ‘ciencia ficción social’, la etiqueta no se si existe en los archivos de intendencia literaria pero la pongo porque me ha salido así, dicho esto sigo tirando porque me toca, y ahora le confeccionaré un traje a medida que intentará mostrar a grandes rasgos el argumento de la obra: en el tiempo real de desarrollo de la acción, el Daniel de nuestros días es un humorista de una acidez sumamente corrosiva, que arremete contra todo y no deja títere con cabeza, también se gana la vida con otras concepciones culturales para consumo de una sociedad enferma como la nuestra, el cine o el teatro por ejemplo, pero básicamente Daniel es un artesano de la palabra, un artista del monólogo sesudo e intelectual contra el convencionalismo, al que se enfrenta desde la soledad del escenario con creaciones sumamente provocadoras (para muestra el botón clitoriano, que me hizo mucha gracia, de una creación suya que titula “Cómeme la franja de Gaza”, en respuesta al tratamiento del conflicto palestino en Israel y en contra del resto del mundo…); Daniel nada en la abundancia del océano Euro, tiene fama y reconocimiento en toda Francia, que es el centro del mundo, (Houellebecq es un jodido chauvinista, encantado de ser francés, ya ves, y aquí lo demuestra una vez más), pero le falta encontrar el sentido supremo a su existencia, ¿Qué cosa mariposa nos falta en la crisálida vital cuando en apariencia lo tenemos todo?. Y es a partir de aquí, primer tercio de narración, cuando el autor gira con vigor su obra a estribor y lanza al cateto lector (yo mismo en este caso) por la babor, baba de alta mar bien escrita, de una más que arriesgada trama de Scifi donde no falta de nada: sectas, personajes estrafalarios, clonación… y mujeres de armas tomar (pocas pero potentes, tremendas lecturas entre líneas las que proporcionan Isabelle en primera instancia y Esther como casi un Todo después, ¿Porqué lo llaman amor cuando quieren decir sexo inconexo?). Si a todo esto añadimos que la acción se desarrolla, salvo la inevitable presencia de París mon amour, en tierras españolas (Almería, Lanzarote, Madrid…) la cosa toma un color irisado, pleno de matices peninsulares que agradarán a posibles lectores de esas tierras todo ello bañado con un calor insular que puede provocar un cambio en sus creencias religiosas a más de un despistado y fervoroso animal… secular.

Michel Houellebecq nació en Saint-Pierre, que pertenece a la isla ultramarina francesa de La Reunión, ¿sería Daniel un personaje con rasgos autobiográficos del autor?, me temo que sí. Personalmente me parece un escritor capaz de vender de todo: cosa mala fea y cara también, pero no cabe duda de que siempre resulta una basura interesante; aquí hace un cambio de registro notable en su trayectoria literaria sin desmarcarse por ello de los rasgos característicos, y fácilmente reconocibles en su escritura. Asimismo me parece la novela adecuada, creo que es la más fácil de digerir por su escritura (trufada de diálogos en detrimento de todas aquellas ‘mortales’ reflexiones tan personales de otras de sus novelas), para conocer a este escritor tan diferente del resto de autores contemporáneos. Si tienen ustedes la posibilidad de perderse en esta isla, les auguro un más que recomendable placer en su lectura. O, ¿quién sabe?, puede que no.-

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