dimecres, 21 d’octubre de 2009

Nubes de evolución

Jeunet y su fabuloso destino, el intentar escapar del mundo real a la vez que nos introduce en él de la mano de esta señorita surrealista que reparte magia entre los que la rodean o tienen la suerte de cruzarse en su camino.
El detalle casi obsesivo por aquellas pequeñas cosas que nos hacen mejores personas, el ideal de búsqueda de una vida feliz retrocediendo justo hasta el lugar donde nos equivocamos y deshaciendo el error para arrinconar al rencor contra las cuerdas y empezar de nuevo, siempre en constante evolución hacia adelante.
Amelie rezuma bondad por los cuatro costados pero detrás de su sonrisilla angelical se esconde esa vena malvada que siempre es necesaria aplicar contra los inquisidores del buen rollo que juegan a placer con y contra nuestra felicidad. No te va a regalar nada que no merezcas, te va a poner en tu justo sitio, introduciéndote en un mundo fantástico, el nuestro, y enseñándote a ser mejor persona de lo que eres o crees que eres. Es una de las pelis que más veces he visto, 3 en el cine, unas 10 en DVD, y alguna que otra en TV, intentando impregnarme de ese halo misterioso que nace tan dentro de cualquiera de nosotros y que es algo tan simple como intentar ser una buena persona, porque tonto de mí sigo creyendo en el ser humano, me emociona como pocas, supongo que porque me creo ese París contemporáneo donde transcurre la acción. Esta escena en particular donde asistimos al encuentro con el hombre de cristal (la frágil luz de una mirada sincera), Bretodeau (la lluvia de canicas en forma de vivencias que rebotan contra los adoquines y vuelven de regreso a nuestras vidas cuando menos las esperamos), o ese omnipresente invidente (que no es más que la venda metafórica que ciega nuestro amor al prójimo) me parece una auténtica lección de cine por parte de Jeunet, que sabe mover los hilos que tocan la fibra sensible con una sutileza que te desarma. ¿Iluso?, - A mucha honra.-


"Amelie" - Jean Pierre Jeunet (2001)