dissabte, 17 de juny de 2017

Watusi Jazz

TÍTULO: “Elevación, elegancia, entusiasmo”
AUTOR: Francisco Casavella
FECHA: 10 de enero de 2007
FUENTE: El País


Entre diciembre de 1944 y febrero de 1945, Thomas Mann escribe su famoso capítulo XXV de Doctor Faustus, el encuentro alucinado del músico Adrian Leverkühn con, se diría, Mefistófeles. Allanando el terreno para conquistar un alma, Mefistófeles define al artista mediocre: "Un hombre de mundo (no del todo vulgar) y después, nada. Vivirá quejándose (...) hasta que un día se quede sordo y afónico, y así, con una palabra escéptica en los labios, irá arrastrándose algunos años; y después... nada. Todo eso no tiene ningún valor. No hubo nunca iluminación, elevación, entusiasmo...". Al fin, Mefistófeles entrega a su devoto la inspiración dodecafónica (allá cada cual), Mann publica uno de los más interesantes fracasos de la novela del siglo XX y, al poco, se gana los ataques de Schönberg, el auténtico padre del dodecafonismo, quien acusa al monumento viviente de la literatura germana de apropiarse de sus hallazgos, de convertirle en una de sus ficciones. Ante el ataque, Mann hace alguna concesión, pero acaba irritándose y, el 17 de febrero de 1948, dirige una carta al músico con otra de esas frases áureas a las que se veía destinado: "Quién es el creador de la denominada técnica dodeca-fónica es algo que hoy día sabe cualquier negrito".
Justo 20 años después de que Mann concibiera en Faustus el colapso de la cultura y la civilización alemanas, otro músico graba un disco titulado A love supreme. En la carpeta del álbum, escribe una ofrenda. Éstos son los últimos versos: "Gracias, Dios. Elevación-elegancia-entusiasmo. Todo por Dios. Gracias, Dios. Amén". El músico es John Coltrane y morirá tres años después, en plena encrucijada creativa, pero de ningún modo sordo y afónico, o con una palabra escéptica en los labios. Tenía 40 años, los mismos que ahora se conmemoran de su fallecimiento.
Establezcamos dos paralelismos a partir de la coincidencia entre elevaciones, iluminaciones, elegancias y entusiasmos: uno demasiado tópico, pero no falso, y otro más arriesgado. Empecemos por el segundo, que es más sabroso. Todo lo que falla en la novela de Mann es sintomático del colapso que pretende explicar, que no contar. Desde su misma concepción, Doctor Faustus es un artificio demasiado seguro de las ideas que transmite. Nada fluye, todo es mecánico, se enemista a cada paso con la esencia imaginativa del relato; no hay vida, ni la música de la vida -dodecafónica o no- ni la vida de un músico. Adrian Leverkühn es una alegoría robótica, no un personaje. En una página de El malogrado, de Bernhard, otra novela de colapsos y músicos, hay más iluminación, elegancia y entusiasmo que en todo el Doctor Faustus, aunque el autor austriaco haga mucho por disimularlo, o quizá por ello. Porque Bernhard, a diferencia de Mann, no sólo sabe de qué habla; también ha aprendido una lección. Y ése es el quid del asunto. El pie para el paralelismo fácil, pero verdadero.
A lo largo del siglo XX, en las cumbres de la alta cultura, y sólo alimentándose de ella y de su espejismo, la música contemporánea se encierra en un laberinto cuyas únicas salidas son, en el orden que se quiera establecer, el kitsch, el esnobismo, el puro desafío cerebral (que no intelectual), los auditorios vacíos y una música que cae en el absurdo de anhelar una explicación y no un goce. Entretanto, y por seguir el tópico, desde los burdeles de Nueva Orleans -en toda el área de influencia del Caribe, de hecho- se elabora y proyecta un arte que, desde lo popular, lo vulgar incluso, fue superándose por la voluntad misma de sus autores. Así, mientras las bombas caen sobre Berlín y Salzburgo, en el Minton's Playhouse de Harlem nace una nueva élite lanzada a cualquier desafío artístico. Al margen de fáciles leyendas biográficas, lo cierto es que, a partir de entonces, una serie de músicos de jazz tomaron conciencia del valor de sus creaciones. La verdadera comunión con un público amplio -tres generaciones de músicos en activo y una industria discográfica resuelta a ganar dinero- no llegaría hasta el periodo 1955-1965. Esos últimos años culminaron en el mito, primero, y luego, en la santidad -hay una iglesia dedicada a su culto- de John William Coltrane.
En aquel tiempo, sin la distorsión salvaje de la propaganda, los músicos de jazz que alcanzaban prestigio y el favor de un público resultaban la punta del iceberg de un oficio duro, intenso y tumultuoso. Sólo era reconocida la suma de talento máximo, ambición y capacidad de trabajo. En ese panorama, John Coltrane lo tuvo difícil para alcanzar la idea de Coltrane. Durante la mayor parte de su carrera, el músico de Carolina del Norte estuvo muchas veces a punto de ser "aquel saxo en el disco de Fulano", un dato de eruditos que se olvida con el tiempo. Por decirlo de otro modo, no hubo una limpia flecha biográfica en su carrera. Ese difícil y fatigoso equilibrio en la cuerda floja, y una capacidad de superación y logro que aumentó de modo exponencial con los años, permanece en su música como lo hace el dominio absoluto del camino recorrido: conocer de punta a cabo todas las canciones de la música popular americana, saber acompañar, el concepto de grupo, asimilar de lo alto y de lo bajo, de lo propio y de lo ajeno. Porque Coltrane tocó en bandas de rhythm and blues, en orquestas mayores y menores, y no fue hasta la llamada de Miles Davis cuando pasó a formar parte -y nunca se sabía- de los elegidos. Desde ese momento, un diluvio de temas y álbumes para la posteridad. En su enumeración, siempre corta, desecho la evolución trascendente de cierta Historia de la Música (la trampa en que cayó la alta cultura) y me acojo a la verdad y al logro de esa música: Kind of blue, Tenor madness, Trinke tinkle, In a sentimental mood, My one and only love, Blue train, Giant steps, A love supreme...
Louis Armstrong decía que cada solo cuenta una historia. Se refería a un relato estrictamente musical, desligado de conceptos y de imágenes, pero a un relato vivo, inspirado. En Coltrane -como en la prosodia de Faulkner, dicho sea de paso- se oye la hipnótica y algo histérica voz de los predicadores como se oyen los trucos de la música de baile y, desde luego, la inseguridad de todo gran creador, que lleva una carga, sin duda, pero la proyecta, fresca y dura como su magnífico arte, con elegancia, elevación y entusiasmo. Con dicha. Ahora.