miércoles, 17 de junio de 2015

De plumas, flechas y pinceles

"Era una reproducción del San Sebastián de Guido Reni que se encuentra en la colección del Palazzo Rosso de Génova.
El tronco del árbol negro y levemente inclinado de la ejecución destacaba sobre un fondo a lo Tiziano, formado por un bosque melancólico y un cielo sombrío y distante. Un joven de notable belleza estaba, desnudo, atado al tronco de un árbol. Tenía las manos cruzadas en alto, por encima de la cabeza, y las cuerdas que le ceñían las muñecas estaban a su vez atadas al árbol. No se veían más ligaduras, y la desnudez del joven sólo la paliaba un burdo paño blanco, anudado flojamente a la altura de las ingles. 
Supuse que se trataba de la representación del martirio de un cristiano. Pero como la obra se debía a un pintor de la escuela ecléctica del Renacimiento, incluso la pintura de la muerte de un santo cristiano desprendía una viva impresión de cultura pagana. En el cuerpo del joven –que recordaba el de Antinoo, el amado de Adriano, cuya belleza tantas veces ha inmortalizado la escultura- no se veían rastros del duro vivir o de la decrepitud de santos que en tantas representaciones se ven. Contrariamente, en aquel cuerpo sólo había juventud primaveral, luz, belleza y placer.

Su blanca e incomparable desnudez resplandece sobre el fondo crepuscular. Sus brazos musculosos, brazos de guardia pretoriano acostumbrados a tensar el arco y a blandir la espada, están alzados en grácil ángulo, y sus muñecas atadas se cruzan inmediatamente encima de la cabeza. Tiene la cabeza levemente alzada y los ojos abiertos de par en par, contemplando con profunda tranquilidad la gloria de los cielos. No es dolor lo que emana de su terso pecho, de su tenso abdomen, de sus caderas levemente inclinadas, sino una llama de melancólico placer, como el que produce la música. Si no fuera por las flechas con la punta profundamente hundida en el pectoral izquierdo y en el costado derecho, parecería un atleta romano descansando de su fatiga, apoyado en un oscuro árbol de un jardín.
Las flechas se han hundido en la carne tersa, fragante y juvenil, y pronto consumirán el cuerpo, desde adentro, con llamas de supremo dolor y éxtasis. Pero la sangre no mana, y no hay siquiera la multitud de flechas que se ven en otras representaciones del martirio de San Sebastián. Esas dos solitarias flechas proyectan sus calmas y gráciles sombras en la tersura de su piel, como las sombras de una rama en una escalinata de mármol.
Pero todas estas observaciones e interpretaciones son posteriores.
Aquel día, en el instante en que mi vista se posó en el cuadro, todo mi ser se estremeció de pagano goce. Se me levanto la sangre y se me levantaron las ingles como impulsadas por la ira. Aquella parte monstruosa de mi ser que estaba a punto de estallar esperó que la utilizara, con un ardor sin precedentes, acusándome por mi ignorancia, jadeando indignada. Mis manos, de forma totalmente inconsciente, iniciaron unos movimientos que nadie les había enseñado. Sentí que algo secreto y radiante se elevaba, con paso rápido, para atacarme desde dentro de mí. De repente estalló y trajo consigo una cegadora embriaguez…
Pasó cierto tiempo y, luego, sintiéndome desdichado, miré alrededor de la mesa escritorio tras la que me hallaba. Un arce que crecía junto a la ventana proyectaba sobre todas las cosas un resplandeciente reflejo, lo proyectaba sobre un tintero, sobre mis libros escolares y mis apuntes, sobre el diccionario, sobre el cuadro de San Sebastián. Había salpicaduras blancas como las nubes en todas partes, en el título de letras doradas de un libro de texto, en el cuello del tintero, en el ángulo del diccionario. En algunos objetos las salpicaduras resbalaban perezosamente, con plúmbea pesadez, en otros lanzaban un brillo mate, como los ojos del pescado. Por fortuna, mi mano, en movimiento reflejo, protegió el cuadro, evitando que el libro se manchara.
Ésa fue mi primera eyaculación. Y también fue el principio, torpe y totalmente imprevisto, de mi vicio.”

Confesiones de una máscara
Yukio Mishima

 Mimini Comentario: Mishima en estado puro: homosexualidad, sangre y muerte.
Con tan solo 24 años y en pleno proceso como escritor debutante, Mishima escribió esta impresionante novela autobiográfica, tremendamente atrevida para la época. En este fragmento, un Yukio adolescente toma prestado un libro de arte de su padre para que le sirva como inspiración a su primera paja o masturbación mental. Todos sabemos que siempre hay una primera vez para casi todo, esta es la suya…

1 comentario:

  1. Hace tiempo que tengo pendiente releer a Mishima, bien estas confesiones o bien La corrupción de un ángel... o El marino que perdió la gracia del mar. Hace tiempo que necesito tiempo para tanta lectura...

    Un abrazo, caballero Krust

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