viernes, 15 de mayo de 2015

Literatura en libre caída sin red de protección

“Durante la espera, buscó a diario los nombres de la editorial y del editor, y también el de casi todos sus autores, cuyas biografías y trayectorias terminó por dominar con inservible rigor. Internet le saturaba de datos inútiles que, sin embargo, calmaban su incertidumbre. El surgimiento de los blogs literarios fue crucial en ese sentido, pues, en lugar de aguardar su cita semanal con tres o cuatro suplementos para proseguir con su conversación privada sobre literatura, podía reactivar esa conversación constantemente, eligiendo temáticas a capricho, confrontando opiniones diversas hasta establecer un quórum fiable sobre la calidad de una novela de reciente publicación, descubriendo nuevos autores, viejos autores, nuevos críticos que disfrutaban de libertades casi indecentes para vapulear o ensalzar una obra con el detenimiento que estimaran oportuno. La red no escatimaba espacio ni exigía credenciales a los reseñadores; tampoco le preocupaba en lo más mínimo lo que éstos dijeran con tal de que generaran contenidos y proporcionaran tráfico a sus productos; lo soez y lo desinformado se mezclaba con lo respetuoso y erudito, y eran los internautas los que establecían con su asiduidad a un blog la relevancia de sus pareceres. ¿Reseñar? Cualquiera podía hacerlo. El crítico tradicional estaba siendo desautorizado por un montón de gente que ni siquiera cobraba a final de mes por recomendar o desaconsejar libros: eran aficionados, y en su amateurismo estaba su encanto. Muchos de sus post eran más leídos que las reseñas del propio Alamañac y, lógicamente, esta influencia cristalizaba en polémicas, debates, estados de opinión y, al cabo, ejemplares vendidos. Las editoriales no tuvieron más remedio que incluir algunos blogs literarios entre los destinatarios de su paquetería promocional, y hasta en las fajas y contracubiertas empezaron a figurar extractos laudatorios entresacados de una bitácora exitosa. Ocasionalmente algún autor se sentía dolido y se asomaba por un blog a través de la sección de comentarios, dando visibilidad a su rencor y a su inseguridad, lo que fue sólo el comienzo de la degradación de los escritores –paralela a la de los críticos pero, quizá por justicia, mucho menos veloz que ésta-; después vendrían las redes sociales como tenderetes desde los que los autores trataban de vender un ejemplar de su último título a todo el que entrara en su perfil.”
Alabanza
Alberto Olmos