sábado, 1 de junio de 2013

Extrema Loción


Vamos a abrir un periódico del 9 de enero de 1993, uno cualquiera, el primero que el contenedor de historia, basura reciclada en el tiempo, que es Internet, me proporciona mediante su buscador estrella; ahí va el chute de realidad pasada que pincha la red: Asesinato en Texas, Chequeo a la mayoría de las nucleares europeas al hallarse un fallo de diseño, EEUU aplaza el ataque contra Iraq al observar indicios de retirada, Nuevas medidas en la radiación de fondo confirman el Big Bang, Terrorífico accidente en Nueva Delhi, El gobierno de Angola anuncia que ha hecho prisioneros a miles de rebeldes, Bomba en Medellín, Condenados a muerte por un tribunal argelino 19 militares y civiles integristas… ¿sobredosis de información?, pues esperen ustedes sentados que ahora abrimos la plana de sucesos extraños y morbosos que tanto nos maravilla a la condición humana: ese mismo día, 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer (Florence, una persona extremadamente inteligente), sus hijos pequeños (Antoine y Caroline), sus padres (a los que también extorsionaba económicamente junto a otros abueletes de la familia o del pueblo donde nació) y a su perro (que no tenía nombre, y ese es, a mí parecer, un dato importante), e intentó suicidarse (en un episodio calculado con una asombrosa frialdad que aquí se les detallará con rigurosa meticulosidad) sin conseguirlo. Esperemos postrados ante su cama a que despierte el pájarraco herido, y recibámoslo con una sonrisa falsa de análisis literario, como las que regalan esas enfermeras tan profesionales en su labor de acompañar al paciente en su tránsito de vuelta al mundo de los vivos. Primer punto de atención: esta noticia es tan absolutamente real, por increíble que pueda parecer, como todas las demás que sucedieron ese día en concreto en este lugar siniestro llamado Mundo.

Paradójico. Emamnuel Carrère andaba enfrascado en la escritura de la biografía del genio de la ciencia ficción, Philip K. Dick, así nos lo cuenta en primera persona (después se pasa a la 3ªpersona al no poder soportar tanta implicación personal del Yo) en cierto momento del libro, cuando ese bocado de realidad informativo se le clavó en la conciencia y atrapó su inspiración. Aparcó la nave Dick por una temporada y se enfrascó en una impresionante, asombrosa, labor de información para trasladar la noticia a una novela, lógicamente del género no ficción, tan cortita como contundente. Todo ello incluye una correspondencia epistolar, que se prolongó durante años, con el propio Romand (una de las grandes bazas de la novela), y a su vez, una aproximación fidedigna a muchas de las personas que lo trataron en libertad, sobre todo a Luc Ladmiral (que le pidió expresamente que su nombre figurara con pseudónimo, a lo que Carrère se negó para no restar verosimilitud a la historia, y que deviene un protagonista fundamental) amigo íntimo del acusado (no se pierdan ustedes las anécdotas de juventud de ambos dos) y cuya hija, Sophie, era ahijada de Romand y había dormido muchas noches en su casa, escapó de la barbarie por casualidad aunque el trauma de lo acontecido es muy posible que todavía lo siga sufriendo, una década después, ahora en 2013.

Además, en mi opinión, la parte más interesante de la personalidad de Romand, ese monstruo (al que todos nosotros hemos alimentado como parte de una sociedad enferma) se hizo pasar por médico de la OMS (cobrando un sueldo de ensueño que lógicamente obtenía de los timos a sus familiares mayores y otras estratagemas que tienen que ver con Corinne, otro personaje fundamental del que prefiero no desvelar nada) durante la friolera de 18 años, sin que nadie, absolutamente nadie, se diera cuenta de su doble personalidad. Impresionante la manera en que el tipo salía de casa como un padre ejemplar, besaba a su mujer y sus hijos (a los que quería con locura, ya verán ustedes…), y traspasaba la frontera suiza para ir a trabajar a la vecina Francia sin que nadie, absolutamente nadie sospechara nada. Ese ejercicio de desdoblamiento requería unas más que sesudas sesiones de autoconocimiento y estrategia que configuraban un delirante coaching mental con fecha de caducidad ya que todo se acabaría sabiendo, la cuestión era ¿cuándo?. ¡18 años de impostura! Que entrenaba y estudiaba concienzudamente en parkings de autopista, garitos apartados perdidos en puebluchos de montaña o paseando por los exuberantes bosques del Jura, rodeado de una naturaleza exuberante….

Aunque no me crean ustedes, no estoy contando nada relevante. El verdadero argumento de esta novela reside en la oportunidad que el autor nos brinda para conocer al monstruo desde el interior de su psique (existen dos sitios reservados en el memorable juicio que se siguió contra Romand, justo detrás de abogados e íntimos, donde se sentarán Carrère y usted mismo como lector para no perder detalle de lo que ahí se cuenta), también acompañaremos a los investigadores en esa sobrecogedora reconstrucción de los hechos (espero que tengan estómago para resistirla, a mí es la parte que más me ha gustado) y asimismo leeremos un epílogo final, fechado en París en enero de 1999, donde el autor echa el resto sobre lo que acabamos de leer. El abrazo del Cristo redentor al que se acoge Romand, como solución fácil al plácido reo iluminado, me toca los huevos sobremanera por lo permisivo de su falso mensaje. Miren ustedes con lupa a esos dos últimos personajes que aparecen en la función, visitadores carcelarios, y entenderán lo que intento no contar. Y si están con ellos, con su oratoria evangelizadora, estaría muy complacido de debatir con ustedes acerca de todo este punto, que puede parecer que carece de importancia, pero yo no lo veo así…

Jean-Claude Romand nació en 1954, por lo tanto tenía 39 años cuando conoció al apocalíptico horror kurtziano de frente, alguien ha considerado que merece tener una página en Wikipedia (consúltenla y miren fijamente su rostro, ¿pueden ver algo que los diferencia de ustedes mismos?), cumplía cadena perpetua en diferentes prisiones (Carrère visita algunas de ellas en la novela) pero las leyes cambian. Y, señoras y señores, prepárense ustedes porque nuestro querido personaje saldrá a la puta calle en 2015 a la edad de 61 años. ¿Lo invitaremos a programas bazofia de media tarde televisiva?, ¿Compraremos ese otro libro que probablemente escribirá, y que ya les digo yo, que no será mejor que éste?, ¿Se buscará un lugar plácido al sol, como España mismamente, después de una temporada tan ‘larga’ a la sombra para regenerarse? Nos haremos estas preguntas mientras esperamos con los brazos abiertos al monstruo que hemos sido tan capaces de engendrar como sociedad. Romand será nuestro adversario en una futura partida de ajedrez donde mucho me temo que van a ganar las negras si no hacemos ‘trampas’ al respecto.  ¿A que huele nuestro rival? Perfumando el aire viciado de una fría noche de enero del siglo pasado, presente ya, futuro hedor.

Una lectura muy recomendable que se lee de una sentada en la celda existencial de este tiempo que nos ha tocado sufrir, perdón, vivir.-


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