sábado, 23 de marzo de 2013

Oink!


 
Curiosa fábula novelada la que perpetró la Srta. Darrieussecq en su debut como autora, corría el año 1996 del siglo pasado y por lo visto representó por aquel entonces todo un fenómeno literario en su Francia natal. El refrito de homenajes a escritores inmortales se percibe ya desde la primera página de una novela sumamente cortita (146 pág.) aunque de una densidad trepidante en el desarrollo de su trama, siempre narrada en 1ª persona, donde en ausencia de diálogos son las peripecias y reflexiones interiores de la protagonista (esa dependienta de perfumería tan choni) las que completan todo el desarrollo de la acción, y acaban encerrando al lector en una claustrofóbica pocilga de sentimientos encontrados. La kafkiana metamorfosis en cerda (con las marranadas inherentes a su nueva condición animal) de la protagonista o en hombre lobo de su novio Yvan (rodando por los bares del boulevard y los márgenes del Sena); arrancan más de una sonrisa cómplice, aderezada con sarcasmo freak, por aquello de que la moza despierta un día, como en su tiempo lo hizo Gregorio Samsa, y empieza a percibir el tono rosado de su piel, engorda a marchas forzadas, le salen nuevas ubres para amamantar, se le transforma la napia y le sale ese rabillo rizado en tirabuzón por encima de un culo donde entran una y otra vez, como en la boca oscura de una estación de metro en hora punta, todos los poderosos de la ciudad (París futurista, caótico en su decadencia). Orwell también podría sumarse al festín por aquello de la rebelión granjera del tercio final y por el fallido análisis político del totalitarismo presente en ‘1984’ que pretende emular la autora. Me cuesta más encontrar las influencias literarias que se describen en la sinopsis hacia autores como Nabokov, Beckett, Sade o Rabelais, casi nada…

Más de un futuro lector podría sorprenderse ante el estudio de mercadotecnia que pretende hacer la autora sobre las condiciones laborales de la mujer en la sociedad moderna, entrar en esa perfumería pestilente donde lo que ocurre más allá de las cortinas rojas que separan el mostrador de cosméticos de la trastienda del sarao empresarial podría herir la susceptibilidad de toda aquella mujer digna y trabajadora; felicidades para el día de mañana y mucho ánimo ante el maltrato que sufrís por parte del lobo disfrazado con piel de carnero que pueda ser vuestro jefe en la actualidad. La injusticia divina queda bien reflejada (mejor en la edición de Anagrama que he leído yo) en esa estupenda ilustración de portada: ‘Pornokratés’, Félicien Rops, 1878.

Una novela original, a la que no se le niega el valor de pretender serlo, sobre el universo urbano de una gran ciudad, en este caso esa que siempre nos quedará en la memoria cuando todo lo demás estalle en mil pedazos (el pasaje que acontece en el Pont Neuf me parece de lo mejorcito de la novela), con cierto sentido del humor negro (no demasiado despiadado, ni incisivo, en situaciones que lo clamaban a gritos), y una prosa ágil y directa aunque carente de fuerza narrativa e incluso repetitiva en algunos tics de estilo (esa coletilla de ‘Por así decirlo’ que pronuncia la mujer cerda hasta la extenuación ha conseguido sacarme de quicio); todo ello conforma un pastiche que pretende ser rompedor y se queda a las puertas de la insurrección con el cóctel molotov en la mano escondida… y detenida por la Policía del Pensamiento. Recomendado a misóginos recalcitrantes (digna de análisis la autoflagelación de la autora en una novela escrita por una mujer) y amantes de la zoofilia en sus distintas versiones; y francamente desaconsejada para… repartidores de pizza.-