domingo, 11 de noviembre de 2012

Si hay que ir se va


Esto de los carteles electorales es un poco como aquellos seriales de cromos que coleccionábamos de pequeños, unos molan más que otros pero entre todos vienen a configurar esa especie de collage representativo de una misma historieta, la que supone completar el álbum social de un determinado lapso de tiempo: el que nos ha tocado vivir. Cuando engatusábamos a papá con la necesidad de un centavo de ilusión para comprar un lapicero con el que estudiar mucho y labrarnos un futuro o mismamente sisábamos con discreción una rubia peseta del negro monedero de mamá para correr al quiosco en busca de ese secreto sellado, lacrado con goma de borrar nostalgias, con que el sobre de estampitas nos abría nuevos caminos de conocimiento, ya fuesen futboleros, famosotes a la moda o aquellos de animalillos exóticos y otras rarezas de la existencia; sentíamos que desde nuestra condición de individuos únicos formábamos parte de algo colectivo; del mismo modo que esos inspectores de urna, controladores del voto ajeno, o como diablos quiera que vengan a llamarse; abrirán las papeletas recolectadas una vez finalizadas las elecciones catalanas del próximo 25 de noviembre para percatarse de que en el fondo es una putada que salgan tantas opiniones erróneas… y sobre todo: repetidas.
Estoy por el derecho a decidir si mi pequeño país quiere ser independiente y por supuesto aceptar lo que la mayoría de coleccionistas decida, también por defender todas esas necesidades sociales, pilares básicos de evolución colectiva, que tanta sangre, sudor y lágrimas costó conseguir. No estoy por la labor de cambiar de chaqueta a estas alturas de rebajas de doble fondo moral. Abandonar la esperanza de evolucionar al primer fascículo es como tener un álbum incompleto escondido en el fondo de un armario de una habitación largo tiempo cerrada. La llave para acceder a ese libro de colores no es otra cosa que el voto, el tuyo y el mío. Como siempre, y a riesgo de equivocarme, intentaré ser consecuente con mis ideales e intentar traspasar esa puerta perceptiva que da acceso a un, otro, mundo mejor.-

2 comentarios:

  1. Yo más que coleccionarlos, que también, los apostaba. Y confieso que hacía trampas y por eso, generalmente, llegaba a casa cargado de cromos.
    La clave para ganar es hacer trampa, aunque sean de una sutileza y sofisticación postmoderna. Estadísticamente, ahí está la victoria; fuera de los números, ahí está nuestra derrota. Colectiva.

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  2. En esta vida todo tiene trampa, Sr. Lobo, todo menos ese voto personal e intransferible que usted depositará en su urna correspondiente con la (buena) intención de ayudar a construir la enésima derrota colectiva; o el aprendizaje evolutivo, en tiempo muerto, del inacabable álbum de un futuro perfecto.-

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