jueves, 4 de noviembre de 2010

Luna de hiel


Si cada persona es un mundo, cada relación de pareja no son necesariamente dos, sino uno grande que debería ser libre. Y esta corta pero intensa novela del señor Mc.Ewan se encarga de profundizar, con corte preciso y conciso, en ese macroespacio tan plural que pasan a habitar los amantes una vez han dejado su singular, personal e intransferible carácter plantado a las puertas de la iglesia o el juzgado de guardia de turno: “Tu aquí ya no entras, que voy a casarme” – clamaría exultante el asexuado número impar, individual, a la sombra que siempre caminaba a su lado.
Florence & Edward se han hecho novietes y los astros les regalan a priori una elevada compatibilidad: son jóvenes, guapos y educados. Viven los tiempos modernos con la inocencia y timidez propias de aquellos a los que el proyecto futuro les sabe a licor de ilusión, y tienen ganas de embriagarse, muchas, tantas que aún no saben de que va la parada obligatoria por el infierno del sexo en comunión carnal que firman, entre otras cláusulas, en el contrato nupcial. Vírgenes y puros, atados a las convenciones sociales con cinturones de castidad que aprietan los miedos, los de ambos-2, hasta hacerlos estallar, metidos en cintura y sin haber aprendido a driblar los vaivenes del destino.
Muy importante aquí (además de la contraposición en los gustos musicales de cada miembro de la pareja) el espacio-tiempo en que transcurre la novela. Inglaterra 1962. Porque curiosamente, en todo momento tiene uno la sensación de que se ha sumergido en un relato Victoria-No de Jane Austen (alabar el mérito del autor en este sentido), y es que hay gente que vive en un pasado ficticio aunque sus pensamientos se adelanten a su presente; y eso solo lo entenderemos cuando ya no nos seduzca el futuro. Dos claustrofóbicos personajes que encierran mares de sensibilidad en sus personalidades, una playa yerma tan extensa que se pierda en el lejano horizonte de mansa incertidumbre y un secreto inconfesable que dejará de serlo cuando el brío renovado de una ola perdida les sorprenda mojándoles los pies en la orilla de la felicidad y se retire discretamente… sin dejar huella.-

Florence and the Machine – “Cosmic love” – Live Kexp Studio 16/04/2010

3 comentarios:

  1. Angi Palma5/11/10 22:03

    Hola Krust, cómo va por esos lares?
    Esta pequeña novela me sorprendió. La compré solo porque era de McEwan y luego no me decepcionó en absoluto: fue un pequeño tesoro descubierto en un par de días intensos. Me sedujo la sensibilidad con que el autor describía ambas personalidades, las dos islas incapaces de encontrar el necesario istmo, y el miedo al sexo y sus cavernas. Celebro que te guste.
    Saludos desde la isla de la calma...

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  2. Le doy vueltas a su primera frase. Acepto la primera premisa y me pregunto si una relación de pareja son dos mundos o uno grande que debería ser libre. Necesito resolver, primero, que significa ahí "que debería ser libre". Es decir, necesito preguntarme, nuevamente, por la libertad. Lo cual, sospecho, es un indicador claro de que sigo encadenado.
    Con esto, Sr. Krust, quiero decirle que su entrada me dio que pensar.

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  3. La verdad es que no le sobra nada a la novela, Angi, el principio un poco farragoso quizás hasta que te situas en 1962 y conoces las raíces de los personajes, pero muy bien escrita, con unos recursos literarios dificiles de encontrar en autores contemporáneos...

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    Prefiero pensar que son dos mundos que convergen en un momento dado, Sr.Lobo, uno grande nunca llega a ser libre del todo... El tema principal de la novela podría ser un análisis del matrimonio como institución. Encadenados a un querer, al que sea, que diría un viejo bolero...

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