domingo, 5 de septiembre de 2010

· Knock out ·

Esta es la historia de una medalla de oro de las muchas que se entregan cada cuatro años en unos Juegos Olímpicos, cada uno de esos trozos de metal que consiguen ganar deportistas de cualquier especialidad tiene su propia leyenda grabada en el dorso de la memoria de la humanidad, porque esas mujeres y hombres que inclinan el cuello para recibir noblemente el peso de la gloria nos representan como coetáneos que vamos pasando por la vida, creciendo a su lado, en un momento puntual de la historia, ídolos de carne y hueso que marcan la evolución de la especie vista desde el prisma del espíritu deportivo. Hoy descubrí este retal de leyenda que gustosamente comparto con quién pudiera interesarle, hoy voy a contaros un cuento real que empezó hace muuuuchos años con el nacimiento de un niño negro a orillas del Mississippi.
5 de septiembre de 1960, JJ.OO. Roma, justo hoy se cumplen 50 años (como yo no había nacido aún, agradezco al Sr. Joaquín Luna que me lo haya contado desde un recorte de prensa de La Vanguardia, aunque me voy a permitir la licencia para pelear el texto a mi manera después de la propia investigación personal que me he currado); Cassius Clay era entonces poco menos que un mono de Louisville que acababa de cumplir los 18 años y que cruzaba el charco con su nombre de esclavo cosido en el chándal, al que metieron en un avión atado junto a su bolsa de deportes y un pánico patológico a volar que hizo que llevara puesto durante todo el viaje un paracaídas del ejercito de segunda mano. Tras las preceptivas rondas previas, un durísimo rival se cruzó en su camino: Shatkov era el ruso que representaba a su país en plena guerra fría, además de tener un historial brutal de victorias era el actual campeón olímpico, medalla de oro en 1956… cuentan las crónicas que el muchacho negro le dio una tunda de cuidado.
En la ansiada final de los pesos semipesados le esperaba el polaco Pietrzykowsky, que no era un pelele ni mucho menos, con un currículum tan largo como su apellido y una tarjeta de visita de 231 peleas – 0 derrotas. Fue un combate agónico en que Clay ganó a los puntos, y donde a pesar de no conseguir noquear al rival sumó una ventaja lo suficientemente holgada como para asegurarse el oro sin ninguna discusión.
Pero sigamos con la historia de la medalla, el 10 de septiembre de 1960 fue recibido como un héroe, con toda esa parafernalia tan made in USA que conocemos de las pelis o sea banderitas de barras y estrellas, cartelitos de bienvenida a la puerta de casa, hasta el mismísimo alcalde se rebajó a hacerle el paripé para impresionar a unas visitas recibiéndolo en el ayuntamiento…, todo era tan bonito que el chico creyó vivir un cuento de hadas.
Si vale, pero ¿y la medalla? Seguro que si habéis aguantado hasta aquí ya tenéis ganas de conocer el final de la historia. Pues vale, ya va siendo hora de contarlo…
Al salir del ayuntamiento Cassius fue a cenar con un amigo negro.
- Dos hamburguesas y dos batidos de vainilla, por favor.
La camarera se negó, ¿os imagináis a la moza, tan rubia como inculta? Yo sí, parece que la este viendo con sus calcetines blancos y la faldita rosa de provinciana manchada de café barato…
Clay tragó saliva e intentó adaptarse al injusto sistema por última vez en su vida.
- Soy Cassius Clay, el campeón olímpico-
Siempre atento a lo que ocurría en su local, atronó desde el fondo la voz del patrón, quién se acercó a la barra, sin tocar con sus manos grasientas a los dos amigos pero conminándoles con la punta del palo que portaba a que se dirigieran a la puerta.
- ¡Me importa un pito quien seas, aquí no servimos a niggers! (despectivamente, negros)

Clay rechazó la sugerencia de su amigo, Ronnie King, de ir a denunciar el hecho al Club de fortunas locales: 10 empresarios, todos blancos, que acababan de crear un consorcio para llevar al muchacho a lo más alto del boxeo profesional, unos ponen la cara para que se la rompan y otros ponen el cazo para llenarlo de dólares, claro, que no olvidemos que estamos en la tierra de las oportunidades. Por el contrario, mientras cruzaban un puente, Cassius agarró con fuerza la medalla y la arrojó con infinita rabia a las oscuras aguas del río Ohio. Este fue el principio de su rebeldía, se cambió el nombre por el de Muhammad Alí y fue arrestado por negarse a participar en la barbarie de Vietnam, como castigo pasó tres años y medio sin poder boxear, pero pasada la purga consiguió cumplir su sueño con la única ayuda de sus propios puños mientras la mitad de América rogaba, deseaba, con todas sus fuerzas verlo noqueado en cada pelea, besando la lona de los apaleados.
El 3 de agosto de 1996, durante los juegos de Atlanta, el impresentable José Antonio Samaranch volvió a colgarle una medalla simbólica, “aquella desaparecida en extrañas circunstancias…” intentaron tergiversar la historia, a un Alí gravemente enfermo de Parkinson que volvió a bajar el cuello dignamente, con el mismo orgullo con que lo hizo en Roma. Lo lamentable del parche fue que la ceremonia de entrega se hizo durante la media parte de la final olímpica de baloncesto!!!, exigencias televisivas, supongo, los millones de telespectadores lógicamente no vimos esto aunque si tuvimos que chuparnos los im-pertinentes anuncios de TV… mientras el respetable que llenaba el pabellón de basket sorbía cocacolas, mascaba palomitas y se recreaba en intentar discernir esos oscuros secretos que esconden bajo el pliso de las minifaldas las nenas Chearleaders. ¿No hubiera sido más bonito intentar reparar el error histórico sobre un cuadrilátero de boxeo?, por lo visto no, quizás hubiera sido un golpe demasiado duro al sueño americano.-

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