sábado, 3 de octubre de 2009

El lector activo


La lectura es un arte, aunque muchos autores de hoy lo ignoran, ya que andan atareados complaciendo lo que se espera de ellos: intrigas trilladas, personajes que hablen como en las series más mediocres de televisión, estilo de tiralíneas. Claridad se les reclama, y que no embrollen. Que respiren con naturalidad y no ensombrezcan las mañanas.
Ostentadora del gusto general, la mayoría lectora, que cuenta con la reveladora complicidad del sufragio de los que no leen, actúa como si hubiera vencido en las urnas y eso le permitiera ahora imponer la figura del lector pasivo y someter cualquier lectura individual a la más burda lectura general, prisión de todos.
Tiene este horror su lógica si se piensa que entre los lectores de hoy triunfa aquella comodidad que ya en los años treinta llevó a Cyril Connolly a ironizar sobre los perezosos: "Con independencia del talento que inicialmente posean, se condenan a ideas y amistades de segunda mano".
Hasta donde alcanza la memoria, mi icono clásico del lector activo es una lectora, Anna Karenina, viajando de noche en el tren de Moscú a San Petersburgo. Justo en el momento en el que Tolstoi parece haber suspendido ligeramente la intriga, Anna se coloca en las rodillas un almohadón y, envolviéndose las piernas con una manta, se arrellana cómodamente. Después, pide a Aniuska una linterna, que sujeta en el brazo de la butaca, y saca de su bolsita roja un cortapapeles y una novela inglesa.
En mi recuerdo, el momento es pura iluminación. Asocio la linterna de Anna con aquella peculiar luz propia, cuya necesaria existencia percibiera Paul Valéry cuando en sus Cuadernos consideró plausibles un tipo de obras que contaran con la iluminación propia del lector, es decir, un tipo de obras escritas sin pensar en darle algo a quien lee, sino, al contrario, pensando en recibir de él: "Ofrecer al lector la oportunidad de un placer -trabajo activo- en lugar de proponerle un disfrute pasivo. Un escrito hecho expresamente para recibir un sentido, y no sólo un sentido, sino tantos sentidos como pueda producir la acción de una mente sobre un texto".
Décadas después, Roland Barthes recogería el guante y diría que para devolverle su porvenir a la escritura había que darle la vuelta al mito: "El nacimiento del lector se paga con la muerte del autor". Exageró, pero con su idea dejó entretenidas a dos generaciones de estudiosos y demostró, además, que del acontecer implacable que conduce a la muerte nada nos distrae tanto como la lectura activa. La famosa muerte. La he visto esconderse en los relojes en La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, esa novela con la que Laurence Sterne llenó de salud la relación del escritor con el lector: "A medida que prosiga usted en mi compañía, el ligero trato que ahora se está iniciando entre nosotros se convertirá en familiaridad, y ésta, a menos que uno de los dos falle, acabará en amistad".
Puede que fallarle a tipos como al gran Sterne sea el error de tantos lectores de ahora, consumidores de sucedáneos de la literatura. Pero anima saber que hay indicios del regreso del lector activo. Algo comienza a moverse en medio del barullo de las novelas esotéricas y otros engendros, y se diría que hasta incluso pierde ya fuelle la estúpida exaltación del lector pasivo, que esconde en realidad la exaltación de los que no leen. Reaparece el lector con talento y parece que comienzan a replantearse los términos del contrato moral entre autor y público. Respiran de nuevo los escritores que se desviven por un tipo de lector que sea lo suficientemente abierto como para permitir en su mente el dibujo de una conciencia extraña, incluso radicalmente diferente de la suya propia.
La secuencia central de toda lectura activa contiene el gesto más profundamente democrático que conozco. Es el gesto de quien sabe abrirse al mundo y a las verdades relativas del otro, a la sagrada revelación de una conciencia ajena. Si se exige talento a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que reclaman tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto del que nos tiene secuestrados. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo para un lector sentir el mundo como lo sintió Kafka: un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro.
Las relaciones entre lector y escritor remiten tanto a un mundo radicalmente negado para el movimiento como a la escena más opuesta: dos aislados poblados kafkianos, acercándose. Una novela es una calle de dos direcciones, animada por dos talentos; una calle en la que la tarea que se requiere a ambos lados es, al final, la misma. Leer, cuando se lleva a cabo con linterna propia, es tan difícil y apasionante como escribir. Tanto quien escribe como quien lee, aun entreviendo el fracaso, buscan la revelación certera de lo que somos, la revelación exacta de la conciencia personal de uno mismo, y también de la del otro. Y aquellos que sitúan la lectura al nivel de la experiencia pasiva de ver televisión lo único que hacen es vejar a la lectura y a los lectores. De hecho, las mismas destrezas que se necesitan para escribir se precisan también para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven en su pequeña pantalla. Los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores. Cabe esperar, parafraseando a Henry James, que pronto pueda decirse que unos y otros trabajan con lo que tienen, y sus grandes dudas son su pasión, y esa pasión es precisamente su gran tarea.


Texto: Enrique Vila-Matas
Imagen: Sonia Pulido
Fuente: El País

2 comentarios:

  1. yo es que esto Krust no termino de entenderlo, para mi aqui hay cosas escritas que se dan de lexes, por ejemplo, qué es emoción inteligente? eso existe? dudo que el que ha sido capaz de inventar semejante término tenga alguna que otra emoción de vez en cuando porque tiene tela, y además creo que las cosas son más sencillas antes de pasar por la retórica de toda esta panda. Más sencillas cuando lees, escribes o te tomas un helado sentada en un terracita en medio de una plaza. Linterna propia? tampoco acabo de ntender lo que es, en todo caso creo que tengo muchas, depende el grado de oscuridad y cómo estén mis ojos de entornados o cansados...
    Cuidado que en cualquier momento nos venden un curso on line para ser buenos lectores. Yo paso
    besi

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  2. Yo lo de emoción inteligente, en el contexto que lo pone el autor, entiendo que se refiere a la capacidad del escritor para tocar la fibra del lector (y que este debe exigirle al autor, ya que por eso confía en su obra, y la compra porque le mola...), eso no es fácil y no todo el mundo puede hacerlo, ya sabemos lo que cuesta describir el encanto de las pequeñas cosas y el exceso de retórica pierde a grandísimos escritores, consagrados o aficionados, en eso estoy muy de acuerdo contigo.
    La linterna propia, creo que es la manera o própia libertad que tú como lectora tienes de interpretar lo que te transmite un escritor. Luces y sombras para iluminar lo escrito, pero lo ideal sería que nosotros realmente entendieramos lo que nos han querido contar...
    Me gusta la imagen de Sonia porque en ella ha sabido captar todo el proceso de lo que hablamos, ese hilo rojo que nace en la mente del autor, se traslada a su pluma y envuelve al lector-a con todo lo que realmente quiere transmitir en el libro impreso.

    Cuidado que no nos vendan lo nuevo de Coelho, King o alguno de estos que escriben a piñón, libriki al año, por los compromisos que tienen con las editoriales. Entiendo que el autor de este artículo habla de muchas cosas, me pareció interesante y por eso lo colgué aquí, con esta nueva etiqueta que me temo que iré reavivando con otras cosas que me llaman la atención y que escribe gente que me motiva a pensar. Desde el momento que nos hacen reflexionar ya me parecen "activas".

    Besi. Na Nit.-

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